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El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

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Crítica de Watchmen: El problema de la teletransportación.

No entra en mi ánimo que este blog se convierta en un lugar de crítica cinematográfica. Para eso, en esta misma web, tenemos al colega de “Estado Crítico” que ya cumple ese objetivo majamente… Pero como el otro día me animé a dar una chapa en toda regla sobre Watchmen y las adaptaciones al cine de los cómics de Alan Moore, creo que tiene sentido que hable de la película, que ya he visto.

Lo primero, dejar claro algo que creo que ya quedó expuesto en el anterior post que he citado: me parece IMPOSIBLE adaptar Watchmen tal cual y salir victorioso de la contienda. Más que nada porque es un solapado de tramas tan complejas y minuciosamente elaboradas que se necesitarían mucho más que esas (excesivas) 2 horas y 40 minutos que dura el filme y aun así, el resultado no sería igual de impactante que el cómic.

¿Que se puede plasmar en imágenes algo parecido? Sí. Es lo que se ha hecho. Es una translación literal casi viñeta por viñeta. Pero poco más.

Es como la paradoja de la teletransportación que a veces ronda mi cabeza: ¿Existirá la teletransportación en algún futuro? En el cómic (y la película, claro), el Dr. Manhattan es la prueba de que sí. En la vida real, se empieza a investigar poco a poco. Imaginemos que un día en el futuro podamos teletransportarnos de aquí para allá: de mi habitación a la de esa chica tan maja, de la de esa chica tan maja a otro lugar antes de que llegue su novio, etc… todo eso. Guay. Imaginemos que existe la capacidad de teletransportar de aquí para allá un cuerpo sólido, despedazando sus partículas y reagrupando otras que copien su diseño tal cual. Vale, igual se puede con una manzana. O con un Zapato. Pero… ¿con una persona? Igual podemos desintegrar y reintegrar un cuerpo pero… ¿el espíritu? ¿el alma? ¿somos de verdad nosotros en ese cuerpo?

Sí, vale, he caído en una trampa: considero que existe un espíritu, un alma. Algo discutible (sobretodo mirando a gente como Aznar) de verdad. Pero mira, me vale para terminar mi exposición: Watchmen es una teleportación del cómic al cine, en la que, de camino, se ha perdido el alma.

Me llevo la impresión de que, quizá para un lector del cómic, la película no deja de ser un ejercicio nostálgico-recordatorio con el aliciente de ver en movimiento lo que ya imaginó en 2 dimensiones. Para alguien sin esa referencia, puede resultar 2 cosas:

a) Un jaleo no muy claro (o demasiado simple por tanto) que no llega a impactar.
b) Una película entretenida sin más.
c) Un tostón de casi 3 horas con un tío de azul con pene exagerado filosofando con un tono de voz exasperante y música de fondo de decir: “¡basta!”.

A mi la película me entretuvo y la disfruté, por lo que antes les citaba. Me encantaron esos títulos de crédito increíblemente brillantes (Para verlos pinchad AQUÍ y alucinad), a ritmo del “The Times They are-a changing” de Bob Dylan, haciendo un repaso a la historia de los Minute Men y de paso, a la Historia de la vida y a la historia de la fotografía, en concreto (alguien hay ahí que es un gran gran amante de la historia de la fotografía porque las referencias, al parecer, son constantes y los guiños muy muy marcados). Y me gustó mucho (pese a las limitaciones) la construcción de Roschard y El Comediante. Incluso la de Dr. Manhattan… pero ahí me quedo en cuanto a personajes.

Me sacó de la película constantemente la nariz de Nixon, el maquillaje abuelesco de la primera Espectro de Seda, el amaneramiento y vulgaridad de Ozymandias (supuestamente “la perfección”, pero no en plan pedante, si no tal cual, la realidad) y me sacó de la película también el que, en un intento de realismo total como es el cómic y por tanto, debería ser la película, el director se obsesionara en sus cámaras lentas, violencia gore y excesos visuales “irreales” con las peleas y acciones de los protagonistas. Me pareció remar en contra del sentido de la carrera.

En resumen: creo que si el director no hubiera sufrido tanto el peso de la “responsabilidad” sobre sus hombros, hubiera hecho una mejor película. Incluso una gran película. Escenas como la de la cárcel con Roschard, los títulos de crédito o algunos toques personales lo denotan: la exigencia de “calcar” el estupendo cómic ha matado la posible excelencia de la película.

Yo prefería una adaptación. Una interpretación más o menos libre, pero personal. Algo como lo que consiguió Peter Jackson con El Señor de los Anillos. Algo como lo que, quizá, pudo conseguir David Lynch con Dune. Claro que igual, hace esto y saltan todos los frikis inquisitivos a su cuello, quien sabe…

Pero en fin, igual hay que esperar a un futuro lejano para algo así. Por ahora, disfrutemos de la maravillosa fascinación de las obras imperfectas… Disfrutemos de Watchmen. Y si la película vale para abrir el apetito a una pequeña parte de esos espectadores y dejarles con ganas de abrir ese cómic genial, bienvenida sea. No se arrepentirán.

Y si no, siempre nos quedará la posibilidad de una versión animada fiel, fiel. Tan fiel como esta. ¡Cómo molan los Watchmen, nenes!

Aquí, en alta calidad.

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La leyenda de la actriz sin nombre

“Érase una vez una actriz tan tonta que se lió con el guionista”.

Supongo que muchos de vosotros querréis saber quiénes son los nombres detrás de este bonito lugar común.

Pues bien. La actriz era ella y el guionista era yo.

Da igual como la conocí, o quizá no lo recuerdo. Igual estaba muy borracho, o igual recordarla me hace tanto daño que mi memoria ha borrado su huella, junto al de todas las perritas sin corazón que me he cruzado desde que tengo pelos.

El caso es que tengo mucho aplomo, me pesan mucho los huevos, y hoy es un día tan bueno como cualquier otro para desquitarme con ese súcubo del infierno que se metió en mi cama y que se hacía llamar Cerda, aunque para mí era Cerdita.

Parafraseando a Nabokov,

Cerdita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Cer-di-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Cer. Di. Ta.

Era Cerdi, sencillamente Cer, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Cerda cuando llevaba puestos los pantalones. Era Cerdi en la escuela. Era Doña Cerda cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Cerdita.

Y cuando no estaba en mis brazos, yo intentaba culturizarla. Le regalé “Sed de Mal” y al día siguiente me dijo que la devolviera, que tenía una cosa negra arriba y otra abajo, que aquello estaba mal.

Se quedó dormida viendo “La Infancia de Iván” y después, se la regaló a su sobrino de seis meses, puesto que se llamaba Iván. También me avergonzó viendo “Pulp Fiction”, al grito de “¿Pero este no estaba muerto?“, en una proyección con gente de una productora (no volvieron a llamarme jamás).

Hace mucho tiempo ya que no sé nada de Cerda. Un día me pareció verla en la teletienda, anunciando un aparato de esos que hace abdominales por ti. A veces cuando me siento vengativo, deseo que el cacharro te electrocute y te quedes en el sitio, pájara. No puedo entender cómo pude querer a una borriquita como tú, que no sabe ni la U.

Espero y deseo que te mantengas alejada de mi camino, porque si te vuelvo a ver, volveré a perder la dignidad, me tiraré a tus estúpidos pies y te daré la razón cuando me digas que hinchar un corto es soplarle en la carcasa.

Irracionalmente tuyo,

Escri.

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