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El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

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Voz en off, que estás en los cielos (o en las azoteas)

La voz en off es como un cuchillo jamonero: puede ser usado para el bien o puede ser usado para el mal (y ser la estrella en la sección de sucesos).

Es pues, un recurso más: tú verás lo que haces con él. Pero  por la seguridad de la ciudadanía, creo que todo guionista que llegue con actitud desesperada a la “tienda de voces en off” debería someterse a un cuestionario. Nada muy complicado, solo unas pocas preguntas sencillas. Tal que así:

 

¿Tiene licencia de voces?

– Sí, venga, dame una rápidito, que tengo que entregar versión mañana.

– ¿Cómo la quiere?

– Mmm, pues no sé. Una que mole, que empatices con el protagonista. El cabrón del productor me ha dicho que el personaje resulta frío, así que tiene que ser una voz en off que te haga pensar “jo, como mola este tío, me iría de cañas con él”.

Muy bien pero antes de nada, contésteme esta sencilla pregunta: ¿piensa usar esta voz en off con pericia y talento narrativo? ¿O va a emplearla en acuchillar su película por la espalda obedeciendo a un deseo inconsciente de joder el proyecto y, de paso, a su productor?

 

De acuerdo que la pregunta es un poco obvia, del tipo del cuestionario que te dan en el avión para viajar a los Estados Unidos (“¿piensa usted cometer actos terroristas?”). Pero de alguna forma hay que abordar la cuestión. Y si el guionista da la más mínima muestra de duda al responder, no deberían dejarle salir de la tienda con una voz en off cargada, lista para ser usada en cualquier momento.

Quien sabe si el guionista no acabará subido en una azotea, con un megáfono, y disparando voces en off a víctimas inocentes:

 

“Eh, tú! ¡La de rojo! ¡Escucha esto y muere, zorra!:

Esta mañana Marta se levantó y pensó que había vuelto a engordar. Buscó en su armario con al ánimo un poco bajo y decidió que aquel vestido rojo que compró en las rebajas de la pasada temporada tenía el punto justo de putón-recatado que la rescataría de pasar otra noche más de soledad ante el televisor“.

 

Un peligro público. Un problema de orden social. Hay que tener mucho cuidado con las voces en off.

Curiosamenta hace poco he visto dos ejemplos extremos de buen uso y de mal uso de la voz en off. Y, he aquí lo interesante, las dos fueron escritas por el mismo guionista: Paul Schrader, (de quien os hablé aquí hace poco).

El uso magistral de la voz en off en Taxi Driver es bien conocido. No hace falta ni que lo explique.  El hilo de los pensamientos de Travis Bickle nos sumerge en todo lo enfermizo que hay fuera y dentro de su cabeza. Es un elemento imprescindible, sugerente, artístico, nada obvio.

 

 

Y en el otro extremo tenemos una película dirigida por el propio Schrader: Affliction. Rara y cruda, como le gustan a él. Con un Nick Nolte magníficamente desquiciado:

 

El personaje de Nick es el sheriff de un pueblo tipo Fargo que actúa como marioneta para el cacique local. Su trabajo como representante de la ley consiste en regular el tráfico cuando pasa el autobús escolar y quitar la nieve acumulada en las carreteras. Hasta que un día se tuerce todo, claro, y Nick empieza a comportarse como lo que es: un policía. O un loco.

 

 

La película es interesante. Si no la habéis visto la recomiendo. Pero para mí es un doloroso ejemplo de voz en off descontrolada, inútil y estúpida. Una pena. Creo que la película hubiera sido mucho mejor si no tuviéramos que escuchar las banales opiniones de Willen Defoe (hermano del protagonista) sobre el descenso a los infiernos de Nick.

Como se trata de la adaptación de una novela yo me imagino que Schrader optó por trasladar el punto de vista del narrador literario a la película. Y no funciona. No funciona una mierda.

 

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¡Será por caballos!

Querido Escrito por:

 

hasta hace dos días no sabía nada de ti, ni conocía tu blog. Es más: hasta hace dos días no había leído ningún blog.
Pero mira tú por donde, de repente me he encontrado con mucho tiempo libre. Estoy “entre proyectos”, como decimos lo del mundillo. O sea, que estoy en paro.

Esto no me preocupa en absoluto… A ver: SOY DUSTIN HOFFMAN. Estoy forrado.

Tengo tres mansiones.

Tengo quince coches.

Tengo un bidé con los grifos de oro.

Por otro lado, no sé para qué sirve un bidé. Basándome en mi experiencia, sirve para que mi nieta celebre las jacuzzi parties con sus bratzs. Pero no te lo pierdas: tengo entendido que las mujeres francesas se lavan ciertas áreas ahí (tú que vives cerca, ¿podrías confirmarme esto, por favor?).

Y ya que menciono a mi nieta: que sepas que es la culpable de que tú estés leyendo esta carta… Y todo porque el otro día me empeñé en pasar la tarde jugando con ella (siempre pienso que debería ejercer más de abuelo). Todo fue bien al principio: llenamos el bidé, les pusimos los bikinis a las bratzs, abrimos las botellas de champagne imaginario…

¿Cuándo se torció todo?

Jade: es maja si no bebe

Reconozco que me metí demasiado en el papel de Jade, la bratz de pasado complicado (¡¡pero es que soy actor!! ¿qué esperaba?).

A Jade se le subió el espumoso y empezó a soltar barbaridades rollo putilla de Jersey Shore: que si tú te has acostado con tal, que si tú envidias a pascual…
Resultado: Jade fue expulsada del jacuzzi. Pero eso no fue todo.  Lo peor es que mi nieta me cogió de la mano y me llevó hasta su habitación y me echó una mirada de “ahí te quedas, castigado”… Las niñas de su edad no tienen muy claros los límites entre realidad y ficción.

Por no aburrirme empecé a juguetear con mi smartphone y lo siguiente que recuerdo es estar leyendo esa cosa que escribiste,  “Ayudas al cine español… ¿y fuera?“.

 

Bueno, macho: valiente mierda, ¿no?

En lo de las subvenciones ni entro (es un concepto que se me escapa, como lo del bidé). ¿Pero cómo te atreves a decir que el cine de EEUU es lamentable? Eso no, hombre.

En serio, ¿qué te has fumado? ¿Es que no te gusta divertirte? ¿Eres un triste de esos que disfruta con los días de lluvia?

 

El tono llorica de tu texto me ha traído a la mente una historia. Una historia real. Te la voy a contar. Le pasó a Robert de Niro… ¡No! Es coña: me pasó a mí. La prensa ya lo ha contado, a su manera. Es de esas cosas que, cuando le pasan a los demás, te hacen gracia, pero que cuando te pasan a ti, te cagas en la putggfhdjjdhdbjjs…

Hace unos meses estaba muy empalmado con mi primer trabajo para la televisión. Pero no solo yo. Éramos muchos los que estábamos ahí, enhiestos.

Por decir nombres:

Nick Nolte… Michael Man… David Milch… Dennis Farina y todo un equipo de ejecutivos de la HBO. Gente muy válida, a la que se la suda los días de lluvia.

Lo teníamos todo bien preparado. El guión, la idea, la magia, el comoquierasllamarlo, iba a cargo de David Milch. No hace falta que te diga quien es: te he buscado en Facebook porque quería ver que careto tenías, pero eres tan cobarde que has puesto una foto de Steve McQueen. En cualquier caso, así me he enterado de que eres admirador de Deadwood. Algo bueno tenías que tener.

 

Yo también soy fan. Y Michael Mann. Por eso nos metimos en esto. Poniéndole ganas, tripas, corazón, fe… y pasta. Muchos dólares de nuestro propio bolsillo.

A ver. Usa tu imaginación. ¿De qué crees que iba la serie?… Vas a necesitar una pista. Lo sé.

 

¿De qué iba la serie? ¿Eh? ¿De qué iba?

 

Carreras de caballos. Y todo lo que eso conlleva: jockeys, entrenadores, apuestas, gansters… ¡Un mundo! Nos entusiasmó a todos: “Hostia, David, qué original”. Estábamos encantados.

 

Empezamos a rodar y surgieron los problemas habituales. Es decir: cosas de ego. Siempre que se habla de ego los actores somos los primeros sospechosos. Pensarás que dos viejas glorias como Nick Nolte y como yo en seguida nos hemos puesto a medirnos las pollas… Pues te equivocas. A nosotros, precisamente, estas cosas ya nos dan risa. Los problemas han venido por parte de uno de los tuyos (salvando las distancias, estratosféricas, todo hay que decirlo), o sea, por David Milch.

 

Él y Michael Mann se picaban por todo.

En Hollywood somos gente creativa y nos inventamos muchos chistes (es lo que tiene). Está aquel… ¿cómo era? ¡Ah, sí!:

“En una habitación tienes encerrado a Michael Bay, James Cameron y Michael Mann. El problema es que tu pistola solo tiene dos balas. ¿A quién disparas?… A Michael Mann. Dos veces”.

 

Bueno, pues yo digo, y creo que el resto del equipo me apoyaría, que Michael Mann se merece la coña, pero que David Milch también debería estar encerrado en esa habitación. Con todos mis respetos, ¿eh? Que yo les aprecio muchísimo a los dos, pero vaya primeras semanitas nos hicieron pasar: “que si yo te cambio el guión, que si tú no me dejas entrar el el plató, que si ahora en el montaje ya verás, que si como esto siga así me largo y a tomar por culo todo…”

 

Se copiaban hasta el peinado

 

¡Son como niños! La prensa, como es natural, se enteró, y a esos dos no les quedó más remedio que envainársela y escribir un comunicado conjunto: “no, si nos llevamos chachi, sois vosotros, que os gusta malmeter…”

En fin, que el ego fue la primera barrera a saltar… A todo esto, no sé si tienes pajolera idea de lo que te estoy hablando: ¿en España tenéis ego?

 

 

Pero ahí no acaba la cosa (si no, vaya mierda de historia sería).
Después vino el estreno, anunciado con toda la fanfarria que cabe esperar en una proyecto de esta categoría.

 

 

La crítica nos puso bien. El público, nos escupió en la cara… Porque medio millón de espectadores por capítulo es un dato deprimente hasta para la HBO.

Para que te hagas una idea: en vuestro país, que es 19 veces más pequeño que el mío, un capítulo de Águila Roja hace una media de 6 millones de espectadores. Esto nos puso muy nerviosetes.

Hubo reuniones, visitas de ejecutivos al set, rumores, cambios en el guión de última hora, mareos con los horarios de programación, etc.

 

Aún así, resistimos. Hicimos toda una primera temporada. ¿Por qué?

 
Pues por la calidad, porque era una serie de puta madre. Tan sencillo como eso. Amor al arte.
 

De nuevo, no sé si me entiendes: ¿en España tenéis amor al arte? Aquí sí, somos así de chulos.

 

Otro obstáculo salvado: ¡pa habernos matao!

 

Todas estos problemas nos tenían tan ocupados que fuimos incapaces de ver el otro gran problema que nos estaba mordiendo las patas desde el principio, desde el capítulo 1: la mala suerte. Teniendo en cuenta que la serie se llama LUCK, tiene coña.

 

Los accidentes ocurren; esto es un hecho. Cuando estábamos grabando el piloto uno de los caballos murió. Bueno, más o menos: se rompió una pata y el veterinario decidió sacrificarle. Si te fijas, en los títulos de crédito del capítulo dice “The American Humane Association monitorizó las escenas con animales”… una sutil variación del protocolario “Ningún animal fue dañado en la realización de esta serie”. A todos los del equipo nos dio pena lo que le pasó al caballito. Recuerdo que esa noche Nick y yo nos fuimos de copas y brindamos por él.

 

Semanas después volvió a ocurrir: perdimos otro caballo durante la grabación de una carrera. Algunas asociaciones ecologistas ya nos vigilaban de reojo, pero a partir de este segundo accidente, empezaron a presionar. Y cuando digo “presionar”, quiero decir “masajear los cojones con guantes de crin”. La producción se paró, con toda la pérdida de dinero que eso conlleva (MI dinero; el amor al arte me impide mencionarlo más); mientras se replanteaban todas las medidas de seguridad con los animales. Al final se acordó no rodar más carreras de caballos… ¡¡en una serie sobre carreras de caballos!!

 

Entretanto PETA (la Ángela Merkel de las asociaciones ecologistas, o sea, una “fucker”) seguía dando el coñazo, pidiendo los nombres de los caballos fallecidos, los informes de las autopsias… ¿En España tenéis PETA? De nuevo, no sé si entiendes lo que te estoy contando, pero creo que con la comparación de Ángela Merkel se entenderá, que me consta que de eso sí tenéis.

No obstante, retomamos la producción, acabamos la temporada, y tras un período de incertidumbre, al fin llegó: la renovación. Nos dieron luz verde para empezar a rodar la segunda temporada.

 

"Esto hay que celebrarlo ... Invita él"

 

Fue el principio del fin. ¿Sabes eso que dicen de que no hay dos sin tres? Pues se cumplió: acabábamos de empezar a rodar cuando otra puta mierda de caballito la espichó. Hay que joderse.

 

Este obstáculo ya... como que no

 

PETA dijo que “la HBO estaba asesinando caballos” y lo siguiente que ocurrió ya puedes leerlo en la prensa.

 

 

Hace un rato que llevo preguntándome: ¿por qué estoy yo, Dustin Hoffman, contándole mi vida a un guionista-desconocido-mindundi-español?

 

Te juro que no lo sé. Se supone que debería haber una moraleja, pero no la hay. Sospecho que esto es como cuando vas al médico y en la sala de espera te pones a competir con otro paciente, a ver quien está más jodido. Siempre quieres ganar, aunque sepas que no hay premio, y si lo hay, no consiste más que en una mirada de compasión. Pues eso es lo que pasa, que he leído tu queja sobre no sé qué de unas subvenciones y me he dicho “se va a enterar cuando le cuente lo mío”.

 

El ser humano es estúpido. Los caballos, más.


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Sal de la Sala, Salao

El otro día estaba hablando con un colega sobre Tetro. Bueno, mentira, sobre Tetro hablaba él, yo aún no la he visto y sólo decía paridas y chistes con el nombre y su oportuno estreno en fechas del Orgullo gay. El caso es que el colega se marchó de la sala a mitad de la proyección, porque no aguantaba más (cosa que me asusta por Tetro) la película. Y entonces me dio por pensar en las veces que yo he hecho algo así… y…

… el resultado es: Ninguna.

¿Qué mierda es esta? ¿Es que no tengo el arrojo suficiente para decir: ¡Basta ya! y largarme? ¿Es que me trago cualquier cosa? Ya tuve la tentación a las 4 horas de ver “El curioso caso de Benjamin Button”, pero nada, me quedé a ver las siguientes 3 horas. Que nada, que me quedo siempre. No sé vosotros, pero al contarme esto mi colega, yo me sentí débil. Como inferior.

Luego pensé que es la magia del cine: la magia que hace que si pagas una pasta, por lo menos gastes el asiento esas 2 horas. Porque vamos, no me trago todo lo que me echen en cualquier formato: si me pasan un guión, ya sea de un capítulo, una tv-movie o un sketch y no me engancha… lo abandono pero rápido. Lo leo deprisa, deprisa y luego el famoso método Wilder: “esto es un guión”. Pero con una película, en el cine, no puedo. Y en casa, me cuesta.

Lo que sí que hago es dormirme. Me he pegado siestacas en el cine que harían temblar a Fraga y el Rey. Y oye, las he disfrutado tan a gusto, en una sala a oscuras, con aire acondicionado, mientras nadie me molesta (no como le pasó a mi amiga Ángela, pobre) que hasta han hecho que mi percepción por esas películas sea más indulgente.

Pero hay otras infumables que me he sobado perdiéndome trozos enteros y despertándome en algo absurdo del final con un par de sensaciones descorazonadoras, que supongo que son las mismas que hacen que la gente diga “hasta aquí hemos llegado, cineasta de mierda” y salga de la sala. A saber:

a) Han pasado 30 minutos desde que desconecté y puedo seguir la trama igualmente.
b) Han pasado 30 minutos desde que desconecté y… ¿qué mierda es esta que está pasando ahora? ¡Es aún peor! ¡Corre!


Un niño huye tras llevarle sus padres a ver “Hanna Montana”, creyendo que le gustaría al ser de Disney.

En ambos casos, adivino, por encima de un más que probable fallo de realización o dirección, un fallo de guión acojonante, que no engancha ni habiendo pagado por verlo y con una actitud pro-película. Eso debe ser, sin duda, lo peor que puede ocurrir en tu obra. Porque en fin, en esta época del “rápido, rápido” y de gatillo fácil en el mando a distancia, que cambies de canal lo puedo entender. Últimamente vamos muy locos buscando momentos “highlight” en la televisión cada 2 minutos o si no “es un coñazo”. Lo puedo entender. Pero en el cine, duele más. Porque en el cine estás dispuesto a dejar que la película se tome su tiempo. El suyo, eso sí. Ni más, ni menos.

En televisión también duele. Por eso, aunque el share sea muy importante (el porcentaje de gente que ha visto tu espacio) lo que más suele indicar el éxito es la fidelidad de esa audiencia. ¿Se queda? ¿Se va? ¿Desaparece? ¿Se mantiene? ¿Si vamos a publi, luego vuelve? ¿La curva es ascendente, o descendente? ¿Sigues ahí, maldito espectador, o ahora te ha dado por ser exigente, cabrón? Y ya de ahí se pasa al: ¿Por qué no se han esperado a la escena en la que salían esas tetas…? ¡Hay que meter tetas antes!. Pero bueno, es la tele, ya se sabe: el lugar donde todo el mundo sabe como pillar audiencia, aunque luego nadie la sepa pillar 2 veces seguidas.

Amigos, llega el verano. Ese momento fatídico en el que la calle se quema, el asfalto se derrite y entre las 4 y las 8 no sabes qué hacer para no morir. Y piensas: “Voy a ir al cine, que ahí se está fresquito”. Y te encuentras con la cartelera de verano… ese gran pestiño. Así que lo que os cuento, os puede pasar seguro en los siguientes meses. Y si no, al tiempo.

¿Cómo podéis evitarlo? Pues viendo una película entretenida y chula como la que ha hecho ESTE colega.

O exorcizando vuestras espantadas aquí, amigos. Es gratis. Contadme… ¿de qué película habéis huído como si fuera una horda de Orcos?

Hacedme sentir inferior.

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