Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

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Ascenso y caída de Escrito por

Ahora que ya no estoy vinculado a TCM me siento más libre. Puedo, por ejemplo, venir aquí un día y decir:

“Mirad estas fotos de Harrison Ford, ¿a qué mola que nuestro mito de la infancia no fuera el típico cachas que te la mete cuando te agachas? Hala, pues hasta otro día”.

Y quedarme tan pancho. ¿Por qué no? Nadie me paga, ergo nada me obliga a currarme una serie concatenada de chistes para envolver un caramelo tan apetitoso que por sí solo estimula los jugos gástricos de C-3PO.

No. Hago esto porque quiero. Qué contento estoy. ¿No me lo notáis? Voy todo empalmado por haber roto el pacto capitalista que pervertía nuestra relación bloguero-lector. ¿Acaso no percibís esta corriente nueva de energía entre nosotros? (Si la percibes y eres mínimamente atractiva, ponme un mail, anda)

Mejor así. Dónde va a parar.

Otra cosa buena, aparte de no tener que currármelo tanto, es que puedo escribir sobre lo que me apetezca. Es decir, el cine está bien. El cine nos gusta a todos. Llena los vacíos de nuestra existencia. Pero a veces, entre película y película, nos suceden cosas. Slices of life. O sea: lonchas de vida. Filetacos de realidad. Fotogramas hiperrealistas. Manifestaciones grasientas del ser y del estar. Aquí. Ahora.

Y, a veces, me he quedado con ganas de enseñaros algo más de estas lonchas. De hecho, a poco que os fijéis en el título de esta entrada ya os habréis percatado de que toda esta mierda es una introducción larguísima para meteros un post-loncha.

Ascenso.

Ayer pasé una tarde de domingo estupenda. Me invitaron al teatro de la Zarzuela a ver una exhibición de jóvenes coreógrafos de la Compañía Nacional de Danza (esa que antes dirigía Nacho Duato y ahora ya no). La exhibición consistía en 9 piezas de baile contemporáneo ideadas por los propios bailarines. La cosa era la mar de artística, entretenida e imaginativa… Pero como soy muy burro, ¿en qué creéis que me fijé? En los cuerpazos de las bailarinas. Tuve una sola idea, y esta idea rebotó en las paredes de mi cráneo cual pelota vasca, pimpam, pimpum: me obsesioné. La idea era la siguiente: ¿Cómo sería estar en la cama con una de estas diosas? ¿Eh? ¿Cómo? (¡¡Necesito saberlo!!). Me imaginé tumbado junto a uno de estos cisnes sintiéndome como un bicho bola, y sufriendo al mismo tiempo un stendhalazo.

En fin, que andaba yo en esas fantasías cuando llegó la hora del descanso en mitad del espectáculo. Me dirigía desde el patio de butacas hacia el baño cuando me crucé en el pasillo con uno de esos cuerpazos.

He dicho “me crucé”, ¿no? Definamos cruzar: cruzar en este contexto es topar de narices con una bailarina. Comértela, literalmente, pero de forma involuntaria. Vamos, que estuvimos a punto de chocar, y si no lo hicimos fue porque la esquivé a tiempo (sí, yo esquivé). Después de la maniobra me disculpé, cabizbajo y como para el cuello de la camisa. Yo soy así: me pisan, me empujan, me escupen, me insultan… y pido perdón. Sobre todo a las diosas. Me aparté hacia la derecha y entonces, oh, sorpresa, ella también. Parecía una de esas situaciones en las que intentas no chocarte con alguien, y cuánto más lo intentas peor es, como si os hubiérais quedado pegados por un chicle invisible. Aún así, continué esquivando: di otro paso a la izquierda y… ¡pardiez! Ella también. Por supuesto, sus movimientos eran gráciles, como los de un gato siamés. Los míos, eran los de un orco en mitad de un ataque cerebral. Un par de zigzaceos más y, entonces detecté cierta expresión en su cara… La situación me quedó clara. O confusamente cristalina: ¡¡lo estaba haciendo aposta!! Yo, acosado por una bailarina. Jo.

Lo mejor de todo es que no me desmayé. Por suerte había bebido dos daikiris antes de entrar y tenía algo así como una especie de autoestima de corchopán. Me dejé arrinconar contra la pared, y le hice saber a la bailarina que yo estaba ahí para lo que necesitara, fuera cual fuera su enfermedad mental… Joder, era preciosa. Entonces me sonrió, tímida y encantadora, y me tendió la mano para darme una tarjeta.

Esta tarjeta.

Y se marchó correteando por el pasillo. Durante unos minutos fue como si mi nivel de daikiris en sangre se triplicara por cuatro. Comencé un frenético diálogo conmigo mismo:

– Hola, somos la policía del cerebro. ¿Qué ha pasado aquí?

– Has ligado, tonto, ¿no lo ves?

– ¿Estás seguro? ¿No estaba siendo simpática, y nada más?

– Te ha arrinconado contra la pared y te ha dado una tarjeta con un número de teléfono. Y lleva una frase profunda escrita en ella.

– Ya, pero ¿por qué yo?

– ¡Te ha elegido! Ahora, cuando termine la función, te plantas en la puerta de artistas y esperas a que salga.

– Es que mañana pensaba madrugar. Y tengo la casa hecha un desastre.

– ¿Eres gilipollas?

– …

Salí del baño sintiéndome ingrávido, exultante, un auténtico sexy mother fucker. Y entonces me vino de repente. La inspiración. La cordura. El desengaño:

– ¿No es un poco raro que el número de teléfono tenga un dígito más de lo acostumbrado?

– Bah, será extranjera. Tenía acento raro.

– ¿Y eso de Dr. Almeida? ¿No es un nombre curioso para una chica?

– Mira, si te vas a poner tiquismiquis…

– ¡Un momento! Me suena haber visto eso de Dr. Almeida en el programa de la función.

– No. Qué va.

– Compruébalo.

– Que no.

– Venga, si tienes huevos.

– … Jo.

 

Caída.

 

Había sido víctima de una perfomance. Es sorprendente como se puede pasar de 0 a 100 y de 100 a 0, y todo en cinco minutos.

Volví al patio de butacas arrastrando los pies. Aparte de la decepción (que solo podría calificar como BRUTAL), ahora había un factor inquietante: si me han dado una tarjeta será porque van a usarlo de alguna manera durante la función. Es decir, que cabe la posibilidad de que me saquen a bailar o algo.

Se lo conté todo a la amiga que había venido conmigo, Miss Distancia Irónica, y me dio uno de los más sabios consejos que me han dado jamás:

“Si te sacan al escenario lo más digno que puedes hacer es entrar como Millán Salcedo haciendo de pollo en la imitación a Franco Battiato“.

Me pareció una ideaza. Lástima que al final ni me sacaran ni nada. La performance al parecer consistía nada más que en poder todo horny a un espectador durante el descanso. Después de esta experiencia solo puedo decir una cosa: 

“Danza contemporánea, has herido mis sentimientos. Eres mala, Muriel”.

Queda inaugurado este pant… blog!

¡Bienvenidos a la nueva casa de pu… de Escrito Por!

Atrás queda el estupendo hogar en el que viví tantos años: aquel blog en la web del Canal TCM.

A partir de ahora, será aquí donde contaré mis aventuras y opinaré, desde el pedestal de mi ego que ha construido la estupidez, junto a mi abuelita.

¡Poneos cómodos! Yo ya lo estoy. De hecho, estoy en gayumbos y… bah. Mal empezamos, Escri.

– Sí. Entre eso y que hablas solo…

– ¡Maldición!

Francamente, querida

“Francamente, querida, vete a tomar por…”

 

Hay rupturas de cine tan bien escritas que uno quisiera vivir dentro de una película. O no. Porque cuando los guionistas se ponen a dejar, pueden ser muy cabrones. Claro, como a quien dejan es a un personaje, que le pinchas y no sangra… ¿Para qué cortarse? ¿Por qué no sacar toda la mala baba ripiosa?

 

El otro día vi una escena de ruptura brutal, de esas que dices, vale, al personaje no le duele, pero yo me estoy poniendo malo por empatía.

 

Se trata de una escena de Network, un mundo implacable, ese peliculón de Sidney Lumet, con guión de Paddy Chayefsky. En ella, un profesional de la vieja escuela televisiva (William Holden) vive un romance otoñal con una joven y ambiciosa directiva de programación (Faye Dunaway).

Los cosmos chocan, y la cosa no sale bien. Así que él la deja. Y lo hace de una manera que… ya le vale. ¡William Holden! ¿Cómo le dices eso a una chica? Hay límites, ¿sabes?

¿Qué le dice?, os preguntaréis, ¿qué puede ser tan malo?

¿Le dice que huele mal?

¿Que tiene bigote?

¿Que le recuerda a su tío Perico después de que empezaran a llamarla Nieves?

Nooo. Algo mucho peor.

La compara con la televisión.

Atentos al speech que le suelta. Es magistral desde el punto de vista literario. Y humanamente, una putada. La pobre Faye, ni abre la boca. Tan solo recibe el chaparrón:

 

“Eres la encarnación de la televisión… indiferente al sufrimiento, insensible a la alegría.
La vida entera se reduce al ripio común de la banalidad. Guerra, asesinato, muerte… son lo mismo para ti que botellas de cerveza. Y el negocio diario de la vida es una comedia corrupta… Hasta destrozas las sensaciones de tiempo y espacio en fracciones de segundos y repeticiones instantáneas. Eres la locura, Diana. Una locura virulenta.
Y todo lo que tocas muere contigo… Pero yo no. No mientras pueda sentir placer y dolor… y amor…”

 

“Y conste que esto es un final feliz. El esposo descarriado recupera la sensatez. Regresa a su esposa, con la que ha establecido un largo y continuo amor. La joven y despiadada mujer queda sola en su fría desolación. La música sube y se intensifica…”

 

“Comercial final. Y aquí algunas escenas del programa de la próxima semana”.

Puerta y...

adiós, ciao, guapa... hasta nunca

 

Uy, maaadre, ¡lo que le ha dicho! No me digáis que no dan ganas de echarle una manta por los hombros a la pobre chica.

Aquí la escena completa (sin subtítulos, sorry)

 

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Con las nubes negras detrás

Voy a contaros una batallita que es a la vez una adivinanza.

De vez en cuando me gusta escuchar a un lánguido. Sí, que le vamos a hacer, el cabrón escribe fenomenalmente y compone a un nivel alto, pese a que corre el riesgo de creérselo demasiado ahora que empieza a tener nombre.

 

 

El lánguido del que hablo es este: vean su pose lánguida.

Y vean a su exnovia, una lánguida de pedigrí (que tiene 2 hijos de su anterior pareja, un guionista… lánguido también).

 

En resumen: estaba escuchando a Nacho Vegas. Cuando de pronto, en una de sus canciones, llama mi atención una estrofa:

 

“… y te vi llorar,
un río a cada lado,
de tu rostro sin desmaquillar,
como la propia Katy Jurado,
con las nubes negras detrás…”

 

Y pensé: esto me suena.

Les propongo la adivinanza: ¿Caen en la imagen? ¿Saben a qué se refiere el señor Vegas? Vayan pensando.

A modo de pista, os diré que cuando la escuchaba estaba acompañado, y lo primero que me preguntaron, es:

¿Quién es Katy Jurado?

Pues Katy Jurado es una actriz mejicana muy guapa que ha interpretado, entre otros, clásicos como “Solo ante el peligro” o “Lanza rota”, haciendo siempre o de mejicana o de india guapísima. Y ya talludita, ha seguido su carrera…

 

Total, que estaba yo haciéndome el pedante (qué poco me cuesta) cuando ahí, justo en ese momento, caí en la cuenta.

 

… y actuado en películas como por ejemplo en… (pausa dramática) …¡no!…
¿Qué pasa? ¿A donde vas? ¿No puedes escuchar música como alguien normal?

 

…Corro a la “Dvdteca”. Cojo una película. La meto rápidamente en el reproductor y mientras recorro el contenido con el fastforward, me digo “será cabrón”…

La película es Pat Garret & Billy The Kid, del maestro Peckinpah. Con eso el lánguido ya me gana.

Y recuerdo que una Katy Jurado ya mayor hacía el papel de mujer/amante del Sheriff viejo y de vuelta, que cumple con su deber a sabiendas de lo que expone, en un tiroteo sucio y sórdido, donde la propia Katy participa. Y es alcanzado.

Y encuentro el momento.

En el minuto 52 de la película, veo ESTO:

 

 

Con Dylan cantando de fondo. Qué cabrón. Knocking on Heaven’s door na menos… y con esa sobreactuación preciosa de Katy Jurado mirando a su hombre morir…

 

“Con un río a cada lado de su rostro sin desmaquillar…”

 

“Con las nubes negras detrás”.

 

Y me digo: ¡qué tío más pillo el Nacho! Me ha gustado el chiste privado. Y me gustan los guiños cinéfilos. Además el tipo tiene buen gusto para el cine.

Y claro, ¿cómo no quererle entonces?

Les dejo con la canción por si la quieren oír. El vídeo es una sucesión de fotos que alguien en youtube decidió apropiadas vaya usted a saber por qué, pero la canción está tal cual.

 

 

“Y entre el dolor y nada, elegí el dolor”. Cuantas veces, ¿eh?

 

Y vosotros qué, ¿habíais adivinado la referencia? Seguro que sí, que son ustedes relistos, lectores.

 

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El último plano de un cineasta español

Si te pidieran un último mensaje, una imagen para la posteridad antes de largarte de este mundo, ¿qué harías?

Pongamos por caso que eres un director de cine muy importante. Te han premiado en los festivales de cine más relevantes: Venecia, Cannes, Montreal, Berlín…

Y además, eres profeta en tu propia tierra. Pero no un profeta cualquiera, sino EL PROFETA, Mahoma, Jesucrito, como queráis llamarlo. Te han dado el Goya, el Príncipe de Asturias, la Medalla de Oro a las Bellas Artes, el Premio Nacional de Cinematografía.

Has trabajado con y sin censura. Has hecho reír. Y has hecho llorar, mientras que tú, te has reído de todo y de todos.
Y además, sigues molando. Tienes 78 años y los jóvenes que empiezan en el oficio dicen que quieren ser como tú.

No has alcanzado la gloria. Tú eres la gloria.

Pongamos, pues, que te llamas Luis García Berlanga y que sabes, con toda probabilidad, que la película que tienes entre manos será tu última película. Tu legado.

 

 

Quizás hagas algo después (de hecho, lo hizo). Pero lo más seguro es que no.

Quizás te queden otros diez años en este mundo (de hecho, los vivió). Pero nadie te lo ha puesto por escrito. Te han arrancado las últimas páginas de ese guión.

Y si vivieras, si llegaras a los 88, a los 98… ¿en qué condiciones? ¿con qué cabeza? ¿con qué fuerzas? ¿con qué ganas?

Qué buena metáfora sobre la vida hizo Woody Allen: la comida es realmente terrible, y encima, las raciones son muy pequeñas.

 

Así que, ¿con qué plano vas a decir adiós? ¿Cómo te despides de tu público?

 

Con esta escena:

 

 

Con este plano:

Un toro de Osborne, una muñeca flamenca, y una pintada con un mensaje:

 

TENGO MIEDO.

L.

 

“Tengo miedo. L”.

 

Usted me pone la piel de gallina, Mr. Luis.

 

 

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Voz en off, que estás en los cielos (o en las azoteas)

La voz en off es como un cuchillo jamonero: puede ser usado para el bien o puede ser usado para el mal (y ser la estrella en la sección de sucesos).

Es pues, un recurso más: tú verás lo que haces con él. Pero  por la seguridad de la ciudadanía, creo que todo guionista que llegue con actitud desesperada a la “tienda de voces en off” debería someterse a un cuestionario. Nada muy complicado, solo unas pocas preguntas sencillas. Tal que así:

 

¿Tiene licencia de voces?

– Sí, venga, dame una rápidito, que tengo que entregar versión mañana.

– ¿Cómo la quiere?

– Mmm, pues no sé. Una que mole, que empatices con el protagonista. El cabrón del productor me ha dicho que el personaje resulta frío, así que tiene que ser una voz en off que te haga pensar “jo, como mola este tío, me iría de cañas con él”.

Muy bien pero antes de nada, contésteme esta sencilla pregunta: ¿piensa usar esta voz en off con pericia y talento narrativo? ¿O va a emplearla en acuchillar su película por la espalda obedeciendo a un deseo inconsciente de joder el proyecto y, de paso, a su productor?

 

De acuerdo que la pregunta es un poco obvia, del tipo del cuestionario que te dan en el avión para viajar a los Estados Unidos (“¿piensa usted cometer actos terroristas?”). Pero de alguna forma hay que abordar la cuestión. Y si el guionista da la más mínima muestra de duda al responder, no deberían dejarle salir de la tienda con una voz en off cargada, lista para ser usada en cualquier momento.

Quien sabe si el guionista no acabará subido en una azotea, con un megáfono, y disparando voces en off a víctimas inocentes:

 

“Eh, tú! ¡La de rojo! ¡Escucha esto y muere, zorra!:

Esta mañana Marta se levantó y pensó que había vuelto a engordar. Buscó en su armario con al ánimo un poco bajo y decidió que aquel vestido rojo que compró en las rebajas de la pasada temporada tenía el punto justo de putón-recatado que la rescataría de pasar otra noche más de soledad ante el televisor“.

 

Un peligro público. Un problema de orden social. Hay que tener mucho cuidado con las voces en off.

Curiosamenta hace poco he visto dos ejemplos extremos de buen uso y de mal uso de la voz en off. Y, he aquí lo interesante, las dos fueron escritas por el mismo guionista: Paul Schrader, (de quien os hablé aquí hace poco).

El uso magistral de la voz en off en Taxi Driver es bien conocido. No hace falta ni que lo explique.  El hilo de los pensamientos de Travis Bickle nos sumerge en todo lo enfermizo que hay fuera y dentro de su cabeza. Es un elemento imprescindible, sugerente, artístico, nada obvio.

 

 

Y en el otro extremo tenemos una película dirigida por el propio Schrader: Affliction. Rara y cruda, como le gustan a él. Con un Nick Nolte magníficamente desquiciado:

 

El personaje de Nick es el sheriff de un pueblo tipo Fargo que actúa como marioneta para el cacique local. Su trabajo como representante de la ley consiste en regular el tráfico cuando pasa el autobús escolar y quitar la nieve acumulada en las carreteras. Hasta que un día se tuerce todo, claro, y Nick empieza a comportarse como lo que es: un policía. O un loco.

 

 

La película es interesante. Si no la habéis visto la recomiendo. Pero para mí es un doloroso ejemplo de voz en off descontrolada, inútil y estúpida. Una pena. Creo que la película hubiera sido mucho mejor si no tuviéramos que escuchar las banales opiniones de Willen Defoe (hermano del protagonista) sobre el descenso a los infiernos de Nick.

Como se trata de la adaptación de una novela yo me imagino que Schrader optó por trasladar el punto de vista del narrador literario a la película. Y no funciona. No funciona una mierda.

 

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Men in Black 3: nueva peli de los Cohen

Como ya os comentaba en el anterior post (aquí, el anterior post), he visto Men in Black 3 y puedo decir tranquilamente aquí… que me ha entretenido. De hecho, lo hizo bastante.

 

No sé qué pasa que es una frase que he repetido varias veces estos días en conversaciones en vivo y la cara de respuesta ante tal afirmación es esta:

 

 

Supongo que es fruto de la combinación de “título comercial” + “tercera parte” + “producto palomitero” + “se supone que tienes criterio cinematográfico Escri, qué haces entrando en eso”. Yo que sé. Como si no me conocieran: ¡veo cualquier cosa!

 

Y que narices, me apetecía en un sábado sin más plan. No sé. Yo vi la primera y me hizo mucha gracia. Reconozco que vi la segunda y no recuerdo nada positivo de ella, más allá de que salía una chica y luego ya no (o algo así). De hecho, al entrar en la tercera confieso que no recordaba por qué el personaje de Tommy Lee Jones seguía currando ahí. Creía que se había jubilado. Pero oye, perfecto. Así que, con el recuerdo de la primera y al ver que seguía siendo Barry Sonnenfeld el director, dije: vamos a ir. Y es que a Barry le tengo mucho cariño desde que vi Cómo conquistar Hollywood y, sobre todo, una comedia ligeras que, no sabría explicar por qué, me hizo muchísima gracia: El gran lío. Si, también dirigió Wild Wild West, ya lo sé… en fin, todos somos humanos.

 

Y cometí un error. El error. Un error que avergonzaría a cualquiera de mi especie. La de los guionistas, vaya (que hablando de Men in Black puede parecer cualquier cosa marciana): ni me preocupé por el guionista.

 

 

Así que, viendo la peli tan tranquilamente, pensando “bueno, será uno de estos guionistas de plantilla de Hollywood”, esta acaba y leo en la pantalla:

 

GUIÓN DE ETAN COHEN

 

Y claro, se me quedóa mí la cara así:

 

 

¿Etan Cohen haciendo el guión de Men in Black 3? ¿La 3?
Vale, el reparto mola: Tommy Lee Jones, Will Smith, Jhos Brolin, Emma Thompson, un Michael Stuhlbarg recién salido de Boardwalk Empire y sobre todo… ¡un escondidísimo Jemaine Clement haciendo de malote!

 

De su gafapastismo en Flight of the Chonchords…

 

 

… a sus otras gafas y demás en Men in Black 3!

 

 

Sin duda un cambio notable.

 

Pues bien, a lo que iba: ¡¡¡QUE ETAN COHEN HA ESCRITO MEN IN BLACK 3!!!

 

Y de pronto mi cerebro se puso a dar vueltecitas: Etan Cohen.

 

Sin “h” en Etan… y con “h” en Cohen.

 

Vaya. ¿Se habrán equivocado a la hora de escribir el nombre de Ethan Coen en los créditos? Qué fuerte… a mí a veces me ponen “Narrado por” o “Tecleado por”, pero porque soy nadie. Que a un hermano Coen le pongan mal el nombre, puede pasar, pero el apellido… ¡qué vergüenza!

 

Pero claro, como a los guionistas a veces ni nos invitan a los estrenos de nuestras películas, igual Ethan no había podido ir y quejarse. Aunque… si no invitan ni a alguien como Ethan, apaga y vámonos…

 

 

Y de pronto, como un resorte, el ángel de la guarda de los guionistas baja del cielo y me da una hostia con un “Cineguía” de 1998:

 

– Joder, ¡qué hostia! Me has partido los piños… ¿pero qué libraco es ese? ¡Duele!

– Un Cineguía de 1998. Sí, un tochaco. Ahora esto ya no tiene gracia, pero antes lo petaba… mira: todas las productoras que había en 1998, el 90% solo ha producido una peli y luego cerró, pero, ¿y lo bien que queda? ¿y el volúmen que le da a la obra? Y mira, fotos de actores con el teléfono de su representante… maravilloso. ¡Mil páginas casi!

– Bueno, ¡vale! Supongo que me habrás pegado con… eso, por algún motivo.

– Divers… ehm, sí: aprendizaje. Capullo.

– ¿Aprendizaje? Ah, ya entiendo… humildad. No debería extrañarme porque Ethan Coen escribiera una tercera entrega de una película palomitera, ¿no? Todos los guionistas tenemos nuestros momentos, nuestras necesidades: no hay categorías en nuestro trabajo, TODO es nuestra obra. Todo suma. Todo es una experiencia que…

– No, gilipollas: Etan Cohen es OTRA persona. ¡No tiene nada que ver!

– ¡Ah!

 

Y claro, se me quedó esta cara, que igual os suena:

 

 

Y es que, efectivamente, Etan Cohen es otra persona. No es Ethan Coen. No es un hermano Coen, porque, de serlo, sería un hermano Cohen, pero que yo sepa tampoco tiene que ver ni con Leonard ni com Emma. Es un guionista con un nombre… que no sé si le habrá abierto puertas o cerrado, pero que ha hecho sus trabajitos: Escribió Madagascar 2, colaboró en Tropic Thunder, escribió para series como Padre Made in Usa, El Rey de la Colina, Beavis & Butthead, La Banda del Patio y bueno, el chico tiene su carrera.

 

 

Pero no sé por qué dudo de si ese cartelón tocho al mismo tamaño que el del director al final de la película se hizo por respeto al guionista… o por ver si había algún pardillo como yo en la sala que se quedara también flipando.

 

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El cine sonoro, muy sonoro…

Hay veces que vas al cine simplemente porque te apetece, no porque vayas a ver una película. Como cuando ibas al videoclub una tarde de domingo y comprabas pipas y alquilabas lo que fuera. Vas al cine, miras a ver qué echan y p’adentro. A ver que te tira el cuerpo. O bueno, lo miras desde casa con tu smartphone de turno y eliges el horario, porque claro, antes los cines tenían 3 pases y era fácil desde casa decir: “uhm, son las siete, voy a ver que echan en media horita”. Ahora, vete a saber a qué hora empieza. Estoy seguro de que, un superestreno tipo “Los Vengadores”, el fin de semana de premiere estuvo proyectándose ininterrumpidamente en España en lapsos de 5 minutos desde las 16:00 en algún sitio. A las 16:00, 16:05, 16:10, 16:15, etc, etc… así hasta las sesiones golfas.

 

Total, que fui a unos multicines de una localidad costera famosa por su aeropuerto. Uno vacío. Yo qué sé. Por allí estaba. Dije: vamos a ver si el cine lo tienen igual. Y no, había gente. Chavales. Le pegaba a la película: Men in Black 3 (otro día os hablo de ella). Como siempre en los multicines con entradas numeradas (¿aún quedan cines sin numerar?), nos pusieron a los 15 que íbamos todos juntitos, apelotonados. Precioso.

 

Normalmente, prefiero tener espacio a mis lados, pero bueno, no pasa nada: nadie tapa a nadie, ángulo de visión correcto. Adelante. En los trailers, los 4 chavalines de detrás no paraban de hablar. Volumen normal… para el salón de su casa. A su bola. Pensé: estos se callarán en cuanto empiece.

 

Pues no: ahí seguían. De charreta. Tan tranquis. Y pensé: “esto es un daño colateral de las descargas”. Estuve a punto de llamar a González Macho y todo, para que lo dijera en la próxima gala de los Goya y echarme unas risas: la gente descarga en casa, se pone a ver todo en su megaplasma y lo comenta con los amigotes/pareja/compañerosdepiso/40chinosalojadosilegalmenteenloqueeraelcuartodelniño y se mal acostumbra. Luego va al cine y pasa lo que pasa.

 

Pero hoy, hablando con amigotes caí en que no. En que, de hecho, la cosa ha mejorado infinitamente (algún nostálgico dirá que no). Que antes, cuando éramos chavales, lo NORMAL era que un grupo de gente de nuestra edad (a veces nosotros mismos) la liara en el cine: que hicieran supuestos comentarios divertidos en voz alta respondidos con un coro de risas a lo Beavis & Butthead, que hubiera guerra de palomitas, que se comentara la película a lo loco… por no hablar de escenas subiditas de tono.

 

 

De estas rescataré la de un tío de mi instituto en la adolescencia. El cerebro decidió gastar una bromita a su novieta y abrir el cartoncillo de las palomitas por debajo… para meter su miembro virilen él y que la otra se lo encontrara al coger palomitas que llevarse a la boca. Maravilloso ideón. No sé en qué estaría pensando: si en que ella, presa del ingenio, tras la sorpresa, se abalanzaría a “comer palomitas” a morro o simplemente quería gastarle una broma. O a lo mejor, presumir… pero para este extremo debería poseer el dato de si compró el paquete (nunca mejor dicho) pequeño, mediano o grande de palomitas y lo desconozco. En fin, el resultado, desde luego, no fue el deseado, seguro:

 

– La chica chilló del susto en la sala.
– La polla le escoció por la sal durante días.

 

Brillante.

 

 

En fin. Que recordando batallitas de la infancia-adolescencia, la verdad es que, hoy en día, que te toquen 2 charlando detrás, con los cines semi vacíos que nos estamos gastando… ni tan mal. Se cambia uno de sitio y sin problemas.

 

Eso sí, llego a viajar en el tiempo como Will Smith en MiB3 (que eso hablamos mañana, Escriiiii… ay!) y me encuentro con la gente que iba en mi adolescencia al cine y me da un telele.

 

¿Y vosotros, qué habéis llegado a ver en un cine?

 

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A Howard Hakws no le gusta que te dejes robar

Releyendo este libro de Joseph McBride, “Hawks según Hawks(recomendadísimo) me quedo con una frase que Howard Hawks le dijo una vez a un guionista: “Jules, no me gusta nada… Si hay algo que no soporto es una chica que deja que le roben el bolso”.

 

La frase me parece interesante. En principio uno cree que el hecho de que te choriceen el bolso es un acontecimiento banal. Le puede pasar a cualquier mujer, ¿no?
Pues en el cine, no. En lenguaje cinematográfico, si dejas que te roben el bolso, muchacha, estás revelando mucho de ti como personaje: que eres un poco lela, que buscas problemas…
Y más aún en un tipo de cine tan codificado como se hacía entonces (años 40). Con “codificado” quiero decir que las películas no pretendía reproducir la vida tal y como es. La vida tal cual es está llena de ruido, de mensajes contradictorios. En cambio el cine de Hawks, de Ford, de Hithcock era claro y directo como un puñetazo. Es un “venga, vamos al grano” acotado por los géneros. Por eso Hawks no quería que su mujer fatal se dejara robar el bolso.

 

En otra parte del libro, Hawks habla de lo que significa escribir un guión. Tenía un método de trabajo muy peculiar, parecido a una especie de juego dadaísta. Se sentaba con sus guionistas, les hacía escribir, y luego entre todos sacaban mil variaciones de los diálogos. Cuanto más desconcertantes y absurdas mejor:

 

Yo decía, ¿cómo dirías esto? Tienes esta frase: “Oh, sencillamente es que estás enamorado”. Uno de ellos saltaba, “Oh, sencillamente estás lleno de mordisquitos de mono”.

William Faulkner, Howard Hawks y Steve Fisher

La idea era pensar cada escena y hacerla diferente, porque “todas las tramas han sido hechas ya por gente muy buena”. Para Hawks, su trabajo y el de sus guionistas, consistía en contar esas mismas tramas de forma diferente, y sin que se notara a ser posible: que todo acto o frase fuera connatural a los personajes que tenía entre manos.

 

Hawks trabajó con Hemingway, Faulkner, Hecth y MacArthur, escritores a los que consideraba “endiabladamente buenos” y pensaba que gracias a ellos sus películas eran diferentes.

 

Pero, ¿queréis saber quién era su guionista predilecto?

 

Pues yo creo que era Jules Furthman, con el que trabajó en Rivales, Solo los ángeles tienen alas, El forajido, Tener y no tener, El sueño eterno, Río Bravo, La ley del hampa… casi nada, ¿verdad?

Jules Furthman

Hawks cuenta como un día Furthman escribió una presentación para el personaje de Bacall en Tener y no tener: era una forastera en un sitio extraño, y le robaban el bolso. Así que fue a él a quien le espetó lo de “Si hay algo que no soporto es una chica que deja que le roben el bolso”.

 

Y Furthman le respondió: “¡Dios mío, es una gran escena hijo de puta!”.

 

(Según Howard, Furthman era un tipo tan seco que solo le aguantaba él y otros pocos directores, y llamaba “tú, estúpido” a cualquiera que no fuera tan listo como él).

 

Lo que sucedió después es que Furthman se fue cabreado y escribió una escena dándole la vuelta a la tortilla: ahora era Bacall la que robaba una cartera, y así se presentaba su personaje.

 

“Bueno, así era Furthman, tenía una capacidad increíble para pensar en formas nuevas de hacer las cosas”.


 

 
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Los políticos cinéfilos: huid

Lo siento, no he podido reprimirme.

Pero es que esta semana he leído una entrevista a un político y al entrevistador no se le ha ocurrido nada más que preguntarle sobre series de TV y cine. Y el tío ha entrado a trapo. Porque sí, tiene toda la pinta de que a él le mola entrar al trapo de esto. Y le mola para marcarse el pegote. “Para decir: eh, que no soy solo una cara bonita y un exitoso político… bueno, vale, no soy ninguna de las dos cosas, pero ojo, que de cine y series controlo un huevo: tengo cultura”.

 

Lo malo es cuando intentas eso y lo que consigues es quedar como el culo y que todos se rían de ti. Pues bien, Esteban González Pons ha logrado todo eso.

 

La entrevista la dio a Jotdown Magazine, una revista on-line que se caracteriza por tener artículos y entrevistas larguísimas pero interesantes en las que los entrevistados posan para fotos muy elegantes y el tono de las preguntas y las respuestas dan al resultado una pátina de charla informal y elevada sobre la media, “fuera del ruido sensacionalista que empapa a otros medios” (esto no lo dicen ellos, es como lo veo yo, poniendo vocecita de “oh, oh, somos muy especiales!” y tal, pero porque me va el chiste). En general, suelen tener cosas muy interesantes ahí. O, al menos, cosas para echar unas risas, como esta entrevista a González Pons que os digo.

 

Antes de nada, situemos al entrevistado por si no lo conocéis: tras pasar años chupando del bote en el senado y luego de Conseller en el gobierno de la Comunidad Valenciana, el hombre dio un salto a Madrid para ser vicesecretario general de Comunicación del PP. Tras ejercer de intento de doberman en las elecciones y cuando todo apuntaba a que, al menos, a Estebitan le iba a caer un ministerio o una secretaría de estado… el PP lo gana todo y Esteban no tiene nada. Ah, bueno, una Vicesecretaría general de Estudios y Programas del PP. ¿Qué es eso? La nada. Pero igual le consolaron diciendo:

– Mira, Esteban, pone “Estudios” y “Programas”, como en el cine y la tele, ¿lo ves? ¡Lo que te gusta! Que siempre estás soltándonos chapas de eso… 

 

Total, que Esteban se siente el pobre engañado. Tras años de demagogia en todos los telediarios siendo el comunicador del PP le salpica toda la mierda de Valencia y Rajoy decide que no haya NI UN valenciano en el gobierno ni adyacentes, con lógica (todos, como Pons, están más que salpicados), y él se queda tirado. Bueno, le queda su cuenta de Twitter. Ese sitio donde suelta perlas como:

 

Y es que cuando uno es conservador, lo es en todo. Se ve que a González Pons le obligan a ver las películas en 3-D y está hartito, el pobre. Imagino que si hubiera vivido en los años 30 esta estupidez del sonido le hubiera parecido también detestable. E incluso las películas del fantoche ese que no dejaba de hacer excentricidades como juegos de magia, coloreado de fotogramas y demás tonterías: Méliès. (Precisamente twitteó eso tras salir de ver “Hugo” de Scorsese).

 

Pues bien, en la entrevista de Jotdown se supera Esteban y comenta, como decía, sobre series. Y estas, son sus perlas:

¿Su serie preferida?

Band of brothetrs. La vuelvo a ver cada vez que tengo un rato. Eso sí, con las series suelo a ver la primera temporada, como mucho la segunda, pero a partir de la tercera los guionistas tienden a justificar su propio trabajo inventándose circunstancias no previstas.”

 

Claro, Esteban, así somos los guionistas. Nos da por justificarnos en vez de admitir que hemos dado todo lo que teníamos y largarnos de una vez. ¿Sabes de qué colectivo aprendimos eso? ¿No? Tú que llevas veinte años viviendo (muy bien) del erario público deberías saberlo.

 

 

Pero bueno, Esteban no se queda aquí y sigue, y a lo grande:

¿Estás diciendo que dejaste de ver voluntariamente The Wire? ¿Cómo pudiste?

Me quedé en la segunda. Pero es que The Wire funciona como una serie clásica. Funciona como Kojak. O como Starsky y Hutch. Cada episodio tiene su principio y su final.  Y no hay una trama profunda que lleve toda la serie adelante, como sí ocurre con Juego de Tronos.

 

¡OH! ¡The Wire funciona… como una serie clásica! ¡Cada episodio tiene su principio y su final! ¡The Wire! ¡Como Kojak o Starsky y Hutch! Desde luego, lo de Esteban es carcamalismo radical y mentira profesional. El hombre debió pensar: “Osti, The Wire, todos hablan de ella y de lo buena que és pero es que vi un poco y no entendía nada… salían unos policías, creo. Así que rápido, Estebitan, piensa un par de series de polis e invéntate una excusa. Un par de series de polis… a ver, a ver… ¡ah, ya!”. Y zasca. Se quedó tan ancho.

 

Leyendo incrédulos la entrevista a González Pons

 

Porque: ¿The Wire con episodios autoconclusivos? ¿Pero este señor qué se cree, que The Wire es CSI? Si precisamente se caracteriza por algo The Wire es por ser la antítesis total a eso: es una novela en capítulos que comienza a tener sentido total y a comprenderse el universo que cuenta casi en el capítulo 5-6. Una serie que no “termina” ni “empieza” siquiera en sus 5 temporadas. Que fluye como la vida, porque todo se repite. Donde no se resuelven los crímenes, se captura al malo o se cae en el tópico. Donde ningún capítulo concluye ninguna trama, sino todo lo contrario. Es realismo puro. Vida chunga.

 

Pero González Pons debió pensar que, bueno, si en su círculo dice esas tonterías y le toman por experto, igual si las suelta en una entrevista, también cuela. Pues no, Esteban, no. Y es más: da luz clara de lo que haces cuando hablas del resto de cosas: política, economía, sociedad… que no sabes ni de qué hablas, pero te puede la necesidad de abrir la boca y llamar la atención.

 

Por suerte, el entrevistador es consciente de la burrada y se lo hace saber. Pero él no lo pilla y sigue:

Le van a caer palos por esto que acaba de decir y se los merecerá. 

Sí, porque The Wire es una serie muy de culto. A mí me gusta, pero no la que más. Me gustó muchísimo 24.

 

24 versus The Wire. Con dos cojones. Como si tuvieran algo que ver. Y por si acaso, debió pensar González Pons, pongo a los fans de The Wire como grupis frikis y ya está. En fin, Esteban, una pena. Si hubieras visto algo más de The Wire (algo más de dos minutos, no de dos temporadas que, es obvio, has mentido y no has visto) habrías conocido la historia de Carcetti. Y te hubiera venido muy bien.

 

 

 

Además, el actor te sonará, sale en Juego de Tronos, esa serie que sí te gusta y donde los déspotas, los Lannister, al menospresumen de pagar sus deudas, no como la Generalitat y RTVV que llevan más de 2 años sin pagar a proveedores una y a proveedores y productoras la otra, con el total destrozo del sector audiovisual de la Comunidad Valencia, ya que te gusta tanto el cine y la televisión.

 

Pero lo dicho: intenta ver algo de The Wire. A partir de donde mientes dices que lo dejaste veras reflejado mucho de lo que te rodea. Aún estás a tiempo. Te lo recomiendo.

 

Y es en 2-D, te va a encantar.

 

Pero por favor, no nos tomes por idiotas.

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