Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

A vueltas con el maldito Aristóteles

 

Asisto con unas amigas guionistas a una charla del escritor Antonio Orejudo en el Hotel Kafka. Me ha costado 9 euros, pero la entrada me da derecho a tomarme una copa. Como en la discoteca, solo que en vez de ron o ginebra aquí me dan vino. De hecho, el evento se llama  “Un vino con Antonio Orejudo”. Y es lo primero que compruebo al entrar: ¿ha venido el vino? El vino, vino. ¿Ha venido el escritor? También vino. Todo correcto, podemos empezar.

 

 

Antes que nada: ¿por qué estoy aquí? ¿Y por qué os lo cuento?

 

Bueno, primero porque soy uno de los muchos lectores a los que Antonio Orejudo tiene comiendo de la palma de su mano, libro tras libro. No sabría decir cual es mi preferido. Y segundo, porque viene a explicarnos cómo escribe él sus novelas.
¿Acaso no es algo digno de escuchar?¿Algo de lo que todos podemos aprender, incluso yo, con mis limitaciones? Así que me váis a perdonar el off topic, que no lo es tanto, siendo este el blog de un guionista.

 

Antonio cumple el programa: habla durante casi dos horas de sus vivencias como escritor: “escribir es una experiencia residual”, nos dice.

 

Se refiere a que la vida y la literatura son dos cosas separadas. Primero va la vida, que en el caso de Antonio consiste en ser profesor, cuidar de sus hijos, etc. Y luego va la literatura, en el vagón de cola. La literatura son ratos que le robas a la vida. Orejudo dice que por eso no escribe durante el día. Se levanta muy temprano y, a hurtadillas, se cuela en su despacho. Escribe lo que le da tiempo, antes de que la vida se desperece y le pida un café.

 

Antonio dice que eso de inventar de la nada le cuesta mucho. Y con cada novela que escribe le cuesta más. El inventium, lo llaman. Nos pone como ejemplo un chascarrillo que comparte con su amigo Rafael Reig, también escritor:

 

“Pongamos por caso, que tienes un personaje. Bruno. Entonces vas y escribes: “Bruno salió de la tasca”… Vale, sale de la tasca, pero ¿y qué? ¿Qué pasa entonces? ¿Hacia dónde encamina sus pasos Bruno? ¿Cómo era la tasca que abandonó? ¿Hacía buena noche o pasaba frío?”

 

Cualquiera diría que eso es lo divertido del trabajo de escritor. Pues no. Es un coñazo. Necesario, pero coñazo. Primero hay que inventar, rellenar 300 o 400 folios, y después hay que pulir. Y borrar, borrar mucho. Esto recuerda al lema de la profesión que no dejo de escuchar desde que asistí a mi primer taller de guión: “escribir es reescribir”. Pues parece ser que vale también para literatura. Supongo que el lema nació de la literatura y los guionistas se aplicaron el cuento.

 

Antonio dice que envidia mucho a un cierto tipo de escritor que él no es. Esto es: el escritor que planifica hasta el último detalle de lo que va a escribir. Escritores que hacen escaletas (“la gente del cine lo llama así”) y elaboran fichas que van metiendo en un portafolios, de modo que antes de empezar a escribir ya saben cuantos capítulos va a tener la novela, y lo que va pasar en cada uno de ellos, cómo es cada personaje…
Es, a mi entender, el escritor-guionista. Pues parece ser que el mundo literario se divide entre los escritores que siguen este método y los que no. Sospecho que este no es el caso de los guionistas. Hagas escaleta o no, sabes donde van a ir los tiros, en tu cabecita.

 

A no ser que seas Javier Rebollo. Porque si eres Javier Rebollo (alias Maldito Aristóteles)… “¡campo y playa!”, que diría una amiga mía.

 

 

Y ya, para terminar de conquistarnos, Orejudo habló de algo que los guionistas conocemos bien: la procrastinación. Aunque él, menos mal, no usó ese palabro. Habló más bien de “una resistencia interior a escribir” y que se manifiesta cuando te sientas ante el ordenador, dispuesto a ello, te arremangas, y entonces, justo en ese momento, decides que antes vas a mirar el correo, facebook, twitter, el periódico…

 

¿Por qué sucede esto? ¿A que se debe? ¿A que somos impostores? ¿Vamos por ahí diciendo que nos gusta escribir pero luego, a la hora de la verdad, preferimos perder el tiempo haciendo otras cosas?

 

Aquí Orejudo cita -nunca lo hubiera imaginado- a Rosa Montero, que en su libro “La loca de la casa” le da una explicación para este comportamiento: si no escribimos es por miedo. Vale. ¿Pero miedo a qué?

 

“Miedo a concretar la idea, encarcelarla, a deteriorarla, a mutilarla. Mientras se mantienen en el rutilante limbo de lo imaginario, mientras son sólo ideas, y proyectos, tus libros son absolutamente maravillosos, los mejores libros que jamás nadie ha escrito” (Rosa Montero, La loca de la casa).

 

Ahí está, señores: somos unos cagoncetes. Yo estoy de acuerdo.

 

Después de contarnos estas y otras muchas cosas Antonio se calla y cede el turno de palabra a los asistentes. Nosotros. Yo, que soy tímido, no pregunto nada. Otro asistente más desinhibido (habrá que culpar al vino) le lanza la suya:

 


“Antonio, ¿eres consciente de lo genial que eres?”

 

 

Así, con un par.

 

Imagináos la incomodidad del conferenciante, revolviéndose en su sillón. ¿Qué se puede responder a eso? “Sí, lo soy desde pequeñito, las monjas ya me lo decían en el cole”.

 

Obviamente, solo hay una respuesta aceptable: “NO”. Y ahí quedó la cosa. Más o menos.

 

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4 pensamientos en “A vueltas con el maldito Aristóteles

  1. El preguntón de la conferencia (los hay en todo grupo de más de 10 personas, esto es así), aparte de preguntar a Orejudo si era consciente de que era un genio también le dijo que sus libros eran una “pasada”, no como los de sus amigos que escribían que eran “una mierda”. También preguntó varias veces por los autores que le gustaban: ¿qué te parece Vila Matas, Orejudo?, ¿y qué estás leyendo ahora?, ¿y qué te gusta más de lo que estás leyendo ahora?
    Yo tampoco pregunté nada, que estaba ocupada bebiendo vino.

  2. Gran charla… Y sirvió para descubrir que los escritores tienen unos groupies temibles.

  3. carlos fonseca en dijo:

    Yo también asistí a la charla y al final me dejó un poquito triste la historia del joven entusiasta que un verano dijo: quiero ser Autor, y años después declara que no se pudo, sea porque la vida lo rebasó y hacer literatura quedó sólo como algo residual, o porque no acaba de sentirse satisfecho con lo hecho, y son los buenos amigos quienes, whisky mediante, deben decirle: animate, si eres de lo mejor

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