Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Soñando con Hitchcock

El otro día soñé que conocía a Hitchcock. Sus ayudantes me habían enviado un relato que quería adaptar al cine. Yo era uno de los candidatos a hacerlo. Así que me lo aprendí de memoria. No era gran cosa, menos mal que solo tenía 35 o 36 páginas.
La noche de la cita con Hitch yo estaba muy nervioso. Antes de salir le dije a mi mujer: “si todo va bien, cuando vuelva te echaré un polvo”. Ella hizo una mueca que no supe interpretar.
De camino al restaurante pensé:

“Maldita sea, tengo que ser perspicaz, ingenioso, sofisticado, proyectar una imagen de seguridad, tengo que seducir al puto Hitch, comérmelo con patatas… ¡y ni siquiera tengo claro que pueda seducir a mi mujer!  ¿Por qué, dios? ¿Por qué me hiciste guionista? Si yo lo que quiero es acochinarme en mi despacho y garabatear poemas de amor y desolación”,

 

Llegué diez minutos antes de la hora fijada. Él ya estaba sentado, con una servilleta anudada al cuello y dando buena cuenta de un filete de iguana. Regla número uno de los sueños: la gente aparece comiendo cosas raras y ¡como si nada! En cambio, el detalle de la servilleta me llamó muchísimo la atención. Me dije: he aquí un hombre acostumbrado a hacer lo que le da la gana en todo momento. Y sentí mucha envidia de él. Quería ser él. Me acordé entonces de una canción de mis años mozos y, sin comerlo ni beberlo (supongo que los nervios tuvieron algo que ver), me sorprendí a mí mismo canturreando el estribillo de  “Why can’t I be you?” (The Cure)  en voz alta. No sé cómo se me ocurrió, sabiendo como sé que Hitchcock es más de Bernard Herrmann. Mi desliz al menos sirvió para llenar un incómodo vacío conversacional: justo cuando me había aproximado a la mesa, él se acababa de meter un trozaco de iguana de proporciones jurásicas. El pobre pasó dos o tres minutos masticando y poniendo caras de resignación antes de  poder devolverme el saludo. 
La primera cosa que me preguntó fue que si bebía. “Me gustan que los hombres beban“, apostilló, a modo de pista. Yo juré que bebía más que John Ford y Humphrey Bogart juntos, e inmediatamente tuve un martini entre mis dedos. Lo curioso es que Hitch bebía muy poco. Daba sorbitos pequeños a su copa, sujetándola con las dos manos como si fuera un tazón de colacao, y esa imagen, acompañada de la servilleta en el cuello, me hizo pensar que estaba compartiendo cena con un niño pequeño. No un niño cualquiera: un superdotado de esos que se saben todos los detalles sobre la construcción de las pirámides de Egipto.

 

La segunda cosa que me preguntó es si había visto sus películas. Quería conocer mi opinión sobre ellas.  Segunda regla de los sueños: todo pasado es posible. En este caso, yo había sido proyeccionista en el ejército (Segunda Guerra Mundial, creo). En el cuartel teníamos pocas películas, así que proyectábamos las mismas una y otra vez, una y otra vez. Daba la bendita casualidad de que La sombra de una duda, obra predilecta de Hitchcock, era una de estas películas. Echamos cuentas (a razón de unas 3 proyecciones al día, durante tres meses) y llegamos a la conclusión de que yo había visto La sombra de una duda más veces que Hitchcock. Animado por mi segundo martini, le dije la verdad: me gustaba mucho, pero tampoco es que me pareciera la hostia. Le veía sus defectos. Se los desgrané, uno a uno.
  Él no se defendió. Al contrario, parecía complacido al escuchar mi análisis. Supongo que es normal: un director de cine piensa cada plano, cada movimiento de cámara, y no es habitual dar con un espectador que se haya tomado la molestia de hacer lo mismo, ni siquiera los otros directores lo hacen (¡no hablemos ya de un guionista!).

 

Y de eso trató el 90% de la conversación, en la que casi todo el tiempo, hablaba yo. Del proyecto que Hitchcock tenía en mente no se dijo una sola palabra. Cuando salimos del restaurante yo ya no andaba derecho (él sí). Con una dicción que tampoco era la de un ser humano normal, me ofrecí a llevarle a casa en mi coche. Rehusó la propuesta, “no por nada… es que prefiero coger un taxi”.

 

Cuando yo llegué a la mía, milagrosamente sano, le dije a mi mujer: “Querida, ha sido una cena estupenda, pero no creo que vaya a trabajar con el Sr. Hicthcock. Es más: no creo que vuelva a trabajar en el cine nunca más”. Dicho esto, me abalancé sobre ella con intenciones poco elegantes. Su excusa para rechazarme: me olía el aliento a martini y a algo mucho peor… ¿acaso me había comido una lagartija del patio?

 

El lunes siguiente me llamó uno de los ayudantes: “Hicthcock te adora, quiere volver a verte y que empieces a escribir ya”. Habían pasado dos días desde la cena, pero aún sufría por la resaca. Tercera regla de los sueños: es todo tan caprichoso... Te cortan una pierna y no pasa nada, pero te bebes un martini y te duele hasta el alma. Conduje mi coche hasta el set de rodaje de Crimen Perfecto, la película que Hicth estaba rodando en aquellos momento. No os hacéis una idea de lo mucho que me hinché cuando me llevaron hasta su lado, donde había preparada una silla para mí. Noté las miradas de todo el equipo de rodaje preguntándose ¿y este tipo quién es?

 

Hitch me sonrió y me señaló a la actriz. Era una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida. Y eso que en este sueño estoy casado con una ex modelo, y todas sus amigas también lo son.
“¿Qué sabes de Grace Kelly?”, preguntó Hitch. “No sé casi nada”. “Bien, pues quiero que os conozcáis y que paséis mucho tiempo juntos. Ya lo he acordado con ella. Los próximos diez días te pegarás a su culo y observarás su manera de hablar y de moverse. Debes escribir un personaje a su medida, un personaje que no existe en el relato, pero que debe ser fundamental en la película.. “. “Ajá“, respondí yo, intentando aparentar indiferencia. Pero anda, echadle un poco de imaginación y decídme,  qué clase de cosas se me podían estar pasando a mí entonces por la cabeza. Decidlas si os atrevéis… Yo no me atrevo.

 

 

Es igual porque ¿ sabéis cuál es la cuarta regla de los sueños? Cuarta regla de los sueños: te despertarás en el mejor momento. O lo que es lo mismo: siempre elegirás el peor momento para despertarte. Y eso es lo que me pasó a mí, que justo cuando estaban a punto de presentarme a Gracia de Mónaco, ¡pum! Me caigo de culo en un mundo consciente donde, ni voy a trabajar jamás para Hitchcock, ni tengo un matrimonio tormentoso con una ex modelo.

 

Asco de vida.

 

Y ya para acabar de arreglarlo al despejarme un poco más me doy cuenta de lo poco original que soy: esta historia no se la ha inventado mi subconsciente (bueno, lo de la iguana quizá sí). En realidad… he soñado los extras de un dvd. Sí, así, como os lo digo.

 

 

¿Os acordáis de que el otro día os conté que había visto La ventana indiscreta?

 

En los extras del dvd hay un pequeño documental en el que John Michael Hayes cuenta cómo conoció a Hitchcock, cómo trabajaron juntos en esta película (al parecer, Hitch dejaba escribir con mucha libertad) y cómo tuvo que crear de la nada el personaje de Grace Kelly, mezclando la personalidad de la actriz con la de su propia esposa. Una ex modelo, cómo no.

 

 

Hayes y Hitchcock hicieron juntos otras tres películas después de esta (Atrapa a un ladrón, Pero… ¿quién mató a Harry? y El hombre que sabía demasiado). Tras la cuarta película se pelearon y no repitieron más. No sé donde lei una reflexión de Hayes sobre esto: venía a decir que a pesar del mal trago final, se alegraba mucho de haber trabajado con él, pues había pasado de ser un guionista del montón a la primera línea (más tarde escribiría el guión de La calumnia, entre otras). Además, decía, no todos los guionistas tienen la oportunidad de trabajar con el gran Alfred Hitchcock.

 

Nos ha jodío.

 

 

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Un pensamiento en “Soñando con Hitchcock

  1. gypsy army en dijo:

    Ay… quien fuera iguana.

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