Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Cine de verano: ¡cuidado!

El sábado pasado asistí a una proyección en la terraza de un moderno centro cultural cuyo nombre no mencionaré. Pero sí daré una pista: la próxima vez que me cruce con un oso de color verde por la calle le patearé hasta hacerle vomitar todas las bayas del madroño que se comieron sus antepasados.

Lo que empezó siendo un plan nocturno tranquilo y cultureta acabó convirtiéndose en una aventura que puso a prueba mis fuerzas físicas y mentales.

No, ésta no es una imagen de la película que vi en el cine de verano. Es una imagen que resume lo que pasó. Literalmente. Mis amigos y yo, y al menos otras cuatro personas más, fuimos José Luis López Vázquez por un rato. Estuvimos atrapados en La cabina.

Los humanos somos tontos. Caemos en cualquier trampa.

¿Quieres hacer la prueba?

Dile a un humano que se va a proyectar una película en la terraza de un edificio.

Véndele la entrada baratita. Tú que eres un sádico y un romántico dirás que para qué, si ya te lo vas a cobrar en disfrute, pero hazme caso: cóbrales algo. Al humano no hay nada que le moleste más que ser maltratado cuando ha pagado por ello. Mira que gratis ya le jode, pero cuando ha pagado…Uf. Su dolor y tu placer volarán muy alto.

Importante: Hazte el hippy en cuanto al horario de comienzo de la película. No digas “a las 22:00”, sino “entre las diez y diez y media”. Con eso ya estás poniendo el cebo. ¿Sabes por qué? Porque la entrada que le has vendido al humano no es numerada. Y el humano, creyéndose muy listo, decide acudir a las diez -antes incluso- con la idea de pillar unos asientos de su agrado. ¡¡Eso te da un margen de tortura de media hora!!

Sigamos: el humano ya está citado. Caperucita anda suelta por el bosque y ahora sólo hay que conducirla a la boca del lobo.

Coloca un cartel en el ascensor que diga “Terraza cerrada por obras”. Esto es sólo un toque ornamental para añadir confusión, no es imprescindible. El plan puede funcionar sin ese detalle, pero como veremos más adelante le aporta un toque distinguido gracias al cual te llamarán maestro, te darán palmaditas en la espalda e invitarán a cervezas en el bar de cabrones donde suelas recalar.

Ya están todos los humanos dentro del ascensor. Al ver el cartel se han mosqueado un poco, pero también se han dicho: “debe ser un cartel obsoleto, si la proyección no fuera en la terraza nos habría avisado la chica que acaba de vendernos la entrada”. Perfecto. Todo va según lo planeado.

El ascensor sube y la puerta se abre en la planta donde está situada la terraza. Los humanos salen en estampida, como los cuáqueros que conquistaron terrenos en el salvaje Oeste. Aunque aquí lo que hay que conquistar no es una parcela donde construir una casa y asentar una familia, sino una silla incomodísima de metal que asentará sus culos por dos horas aprox. Pero no te sorprendas. El humano es así: gocho y mezquino por naturaleza.

Atención: cuando ya estén todos los humanos fuera- ¡PLOM! – el ascensor cerrará sus puertas.

Y ahora viene lo bueno: los infelices no han podido dar ni dos pasos fuera de él y ya chocan sus naricitas con los confines de su jaula: una puerta acristalada. Cerrada a cal y canto. De modo que tenemos un cristal al frente, la puerta de un ascensor ausente a la espalda y dos paredes de hormigón a izquierda y a derecha. ¡La trampa perfecta!

Aún falta un poco para que el humano y sus congéneres se pongan nerviosos. Al otro lado del cristal está la terraza que, como habrás adivinado, no permanece cerrada por obras. Así que desde su trampa pueden ver las incomodísimas sillas metálicas, la pantalla, el proyector y a la gente de la organización, que anda de aquí para allá toda atareada con los últimos detalles del evento. Los humanos atrapados suponen que algún miembro de ese personal será el que les abra la puerta. Pero no. No sucederá así.

Los siguientes minutos pasarán sin que nadie repare en ese conjunto humano que está ahí al fondo, tan juntito, tan acalorado y tan pegadito los unos a los otros como un matojo de salchichas Frankfurt en su bote de cristal. Cristal que, por cierto, se va volviendo traslúcido por efecto de las salchichas al respirar. En vano se esfuerzan ellas por establecer contacto visual con los organizadores, llegando incluso a aporrear la puerta y llamarles a gritos. Pardillos.

Ahora sí: algunos humanos experimentarán los primeros síntomas de ansiedad. Otros lanzarán proposiciones sexuales al aire (“ya que vamos a morir aquí…”). Y otros mirarán al resto intentando adivinar quién será el que se desmaye en primer lugar.

¿Te parece suficiente tortura? ¡No! Qué coño: si somos sádicos, apretemos las tuerquecitas un poco más. Ahora vamos a hacer que uno de esos muchachos que trabaja en los preparativos de la proyección repare al fin en que hay una especie de albóndiga gigante de carne humana apretada contra el cristal. Una albóndiga con ocho pares de ojos tristes mirándole a él. El muchacho (que puedes ser tú mismo disfrazado de humano) se palmeará la frente y se hará el sorprendido:

“¿Pero qué hacéis ahí? No os había visto”.

“Abre la puerta, abre la puerta”, suplicarán los incautos. Y el muchacho, sintiéndolo mucho, ¡pero que mucho, mucho! (un sentir inconmesurable, vaya) no podrá abrirles, porque no está permitido acceder a la terraza desde el ascensor (“¿acaso no han visto el cartel?”). Hay que subir por la escalera.

Acto seguido el muchacho les dará la espalda, seguirá con sus tareas y no volverá a mirarles jamás.

El grupo humano gira sus cabezas (que es como una cabeza sola, grande y abotargada con un único y claro objetivo en mente: salir de allí) hacia la que se ha convertido en su última esperanza: la puerta del ascensor. El panorama no es muy alentador. Desde que lo usaran ellos el artefacto ha entrado en su hora punta de actividad frenética, de modo que parece más fácil invocar al espíritu de Ava Gardner que a ese ascensor. Aún así, como dicen, del trabajo se obtienen los frutos y tras un rato pulsando el botón de llamada el ascensor abre sus puertas y los humanos logran escapar. Recuerda que el objetivo de la trampa no es matar a los humanos. No estoy seguro, pero sospecho que sería delito sugerir algo así aquí. Una vez que hemos cazado al pez, le quitamos el anzuelo y volvemos a soltarlo en el agua.

Como colofón final los humanos llegarán exhaustos al pie de la escalera donde ya espera desde hace un rato el monto total de asistentes a la proyección. De ser los primeros como ellos pretendían han pasado a ser los últimos de la fila.

FIN.

Corolario: si alguno de los humanos supervivientes osase protestar basta con recordarle que hizo caso omiso del cartel colocado en la puerta del ascensor. Aunque el cartel no se corresponda con la realidad, el hecho de haberlo desobedecido creará inseguridad al humano, que optará por agachar la cabeza y cerrar la bocaza.

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2 pensamientos en “Cine de verano: ¡cuidado!

  1. Sarcastic Man en dijo:

    O sea, que te metiste donde no debías al ignorar un cartel y debido a eso perdiste el primer sitio. ¡Qué vergüenza!

  2. www.yoesquesoydeletras.blogspot.com en dijo:

    Pero… ¿la película qué tal? Y, lo que más me interesa, ¿recomiendas la de mañana? 😉

    Este post toca mis dos experiencias cinematográficas más interesantes del verano: “El largo adiós” en la terraza de LCE y primer visionado de “La cabina” (ya era hora). Curioso.

    Saludos!

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