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El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Archivar para el mes “mayo, 2011”

La que lió Lars Von Trier con Hitler

Ya sabéis quién es Lars Von Trier. El gran director danés (siempre que digo esto me imagino a un perro bonachón en un combo) famoso primero por el Dogma y ahora, por mentar a Hitler.

La cuestión es que Lars, en esos momentos que sólo los elegidos saben vislumbrar para liarla parda y armar un jaleo excéntrico, decidió en la rueda de prensa en Cannes de su última película (“Melancholia”, que no, no es un biopic de Camilo Sesto) decir una cosa así:

“Yo entiendo a Hitler, aunque comprendo que hizo cosas equivocadas, por supuesto. Solo estoy diciendo que entiendo al hombre, no es lo que llamaríamos un buen tipo, pero simpatizo un poco con él”

Y claro, se lió. Aunque luego quisiera aclararlo diciendo que para nada estaba en contra de los judios ni apoyaba la 2ª Guerra Mundial y tal… el titular ya estaba vendido.

Muchos se preguntarán qué quería decir. Yo entre ellos. El tío hablaba de su acercamiento al judaismo, de que creía que era judío y vio que no y bueno, fue torpe y, esto es opinión personal, quiso hacer un comentario excéntrico para llamar la atención y no midió. Mala suerte, Lars. Si con un chiste obvio a un pobre novato como Vigalondo se la liaron por estas tierras, lo que te espera es poco con estos temas, Lars.

Si quieren ver cómo un hombre se lanza a un jardín frondoso con arenas movedizas en el centro, vean esto a partir del minuto 1

Y vean a Kristen Dunst que ya no puede estar más incómoda y separarse más de su dire.

Pero bueno, no venía aquí a hablar del chascarrillo. Me atraía más otra cosa del comentario. La mera mención a Hitler. Porque sí, vale, lo de “entiendo a Hitler” suena fatal (aunque sea posible “entender” el comportamiento dentro de una lógica de psicópata estratégico como Adolfo) y quedaba fuera de lugar, al hablar del judaísmo, sobre todo. Pero… ¿Se puede frivolizar con Hitler? ¿Se puede hablar de él quitando la condena sin parecer o un tarado filo-nazi? Debe ser difícil, al menos en una rueda de prensa de un festival sin ninguna noticia especial, ávido de escándalos que lo pongan en el mapa de actualidad.

Pero en comedia, puede. Hay un viejo chiste de muchos humoristas judíos que viene a decir que sí, si eres judío. De ahí coñas de Chaplin, Mel Brooks, Lubitsch y hace poco, con una comedia alemana grotesca, “Mi Führer: La verdad más verdadera sobre Adolf Hitler”, de Dany Levi, otro (evidente) judío. Pero ¿si no eres judío, puedes?

Bueno, no son judíos, pero todos estos artistas del subtitulado coñero del momento cumbre de la película “El Hundimiento” en youtube también pueden.

Claro que, en estas películas que cito, en ningún momento hay acto de apoyo o comprensión (aunque hubo sus críticas por el acercamiento “humano” a la figura de Hitler en El Hundimiento, pero claro, ahí no se frivolizaba ni se hacía comedia) a la persona como lo que expresa Von Trier.

Ahí queda el debate… una vez más.

Yo, pese a que hay cositas de Lars que puedan interesarme, para comedias con Hitler prefiero algunas de las anteriormente citadas. ¿Recordáis alguna más de las que he comentado?

To Be or Not To Be (Lubitsch)

El Gran Dictador (Chaplin)

Los Productores (Mel Brooks)

Monty Python Flying Circus (Monty Python)

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¿Qué es un acto heroico?

Ayer hablábamos de Furia, una obra maestra de Fritz Lang. Hoy me he acordado de otra película suya por la que siento debilidad: Encubridora. Su personaje más llamativo es Altar Keane, una Marlene Dietrich ejerciendo de mujer fuerte y llevando los pantalones en su casa, literal y metáforicamente hablando.

¿Y qué es su casa? Su casa es el Rancho Notorious, una guarida donde van a cobijarse los maleantes tras cometer sus fechorías. A cambio, un tanto por ciento de sus ganancias van a parar a la dueña y señora del lugar.

Altar es la antítesis del estereotipo femenino visto en tantas películas del oeste. No es ni una ama de casa ni una prostituta. Es una empresaria y una vividora. Leyenda viva del Far West como prueba el hecho de que hayan bautizado un tren con su nombre.

Cuando los chorizos a los que encubre exigen ver a su novio para hablar de negocios ella se lo deja clarito: este rancho es mío y aquí mando yo, si no os gusta os largáis.

Altar, a los que muchos tienen por una mujer egoísta y despiadada al final se sacrifica por amor. Aparentemente. Porque yo creo que su sacrificio no tiene nada que ver con el amor, sino con la lealtad. Se interpone en la trayectoria entre una bala y un hombre al que quiso pero ya no ama.

¿Qué hay de heroico en suicidarse para salvar a alguien a quien amas locamenti? Nada. Porque en ese momento tienes la mente infectada de endorfinas amorosas. Sólo piensas en echar un coito (me encanta la expresión “echar un coito”) con tu objeto de deseo. Incluso si vas a morir te convences de que quizás, entre que la palmas y tal, con los últimos estertores te dé tiempo a echar uno rapidito. La recompensa por tu sacrificio. Es más: cuando estés muerto y enterrado tu amado/a te idealizará hasta tal punto que nunca más podrá echar un coito en condiciones sin acordarse un poco de ti.

Así que ¿suicidarse por amor? ¡Bah! En mi escala de bondades está entre cederle el asiento a una anciana en el transporte público y reciclar correctamente la basura.

En cambio, esta Altar tiene la mente muy despejada. El amor ya pasó. De acuerdo: queda el cariño. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Cuando se ve en la tesitura – ¿él o yo? – dice: él. Es una decisión racional y desinteresada. Un acto heroico.

Gran personaje. Gran película.

Cosas que me pasan con el montaje intelectual

El “padre” del montaje intelectual (y de tantos y tantos montajes, el tío) es Eisenstein, y como sabéis, también fue padre de “El Acorazado Potemkin”: una de estas películas que es tan clásica, tan clásica, tan fundamental… que preguntas por ahí y casi nadie la ha visto entera. Pero claro, es como la Constitución para un jurista: ahí está todo. Y hay que empollársela. Así que si quiere usted pintar una mona en este mundo, más vale que se la vea y se fije bien.

Una de las cosas que más se explica en clases cuando se habla de Eisenstein y sus películas es el famoso uso de montajes intelectuales e ideológicos, en los que, tras una imagen de la historia que viene contando, pone otra… “como queriendo decir”, el cabroncete. A modo de juicio o adjetivo. Por ejemplo: aparece un general pavoneándose (en Octubre), pues zas, le pone después una imagen de un Pavo Real. Que aparece una masa inocente corriendo hacia una muerte a manos de soldados armados… Zas, le pone imágenes de reses muriendo en el matadero.

Pues bien. He visto infinidad de veces (vale, sí, he exagerado, quizá han sido 1 o 2) las películas de Eisenstein, pero si me preguntas por un ejemplo de ese tipo de montaje, a mi cabeza SIEMPRE me viene el mismo.

Uno… de Fritz Lang.

Y es más: de la etapa americana de Fritz Lang.

Y aún iré más lejos: en la película, sólo aparece esa escena utilizando ese recurso.

¿Y por qué esta película, Escri? Pues… porque esta película es una de las que más me ha impactado, desde chaval, del cine clásico. Desde que la vi por televisión una noche de estas de insomnio…

La película es Furia. La primera de Lang en Estados Unidos (y que nominaron al Oscar al mejor guión original). Y el protagonista es Spencer Tracy.

Si no la habéis visto: deberíais. Comparte muchos temas de “M el Vampiro de Dusseldorf” (Vaya traduccioncita para disimular la realidad de los hechos…), empezando por el “crimen”, pero sobre todo, por la turba, la masa enfurecida, capaz de deshumanizarse hasta llegar a… bueno, no cuento más.

El tema es que un señor es acusado de un crimen, está encerrado y las vecinas murmuran y cotillean, inventando historias.

¿Y qué hace Fritz?

Fury, Fritz Lang (1936) por Kurgu-TV

Y me encanta.

Ahora, siempre que alguien habla de ese tipo de montajes, me acuerdo de esa secuencia.

Y siempre que veo a mis vecinas en el rellano, también.

¿Vosotros recordáis alguno de estos montajes (que hay, y modernos) que siempre os acompañen?

Los pantalones de Gene Kelly

Siempre me han maravillado. Siempre. No entiendo por qué…
Vale, me encantaban los musicales, me ponía películas del sonriente Gene Kelly siempre que me entraba bajón (ya saben, cuando los besos acaban, cuando llega la incomprensión, cuando “no sos vos soy yo”, etc…) pero no soy un tío que preste mucha atención al vestuario y menos al masculino, y con él, no podía evitarlo.

Me flipan los pantalones de Gene Kelly.

Llegué a pensar que siempre tenía los mismos, que los llevaba a los rodajes, como el mono de trabajo:

– Hola, ¿qué, tenemos película nueva?
– Sí, Gene. Hemos pensado en que tu personaje sea un poco así…
– Que sea como quiera, pero chico, ¡usaré estos pantalones!

– Muy bien Gene. Pero… es que en esta haces de marinero.
– Pues teñidlos de blanco. ¡Conmigo dentro! ¡Ni siquiera me los quitaré!

– Gene, ¿y para la de la lluvia? Pensábamos en un traje para la escena culminante y claro, tus pantalones color crema…

– …no los veíamos.
– ¿Un traje? Uhm… ¿la chaqueta también? Yo soy más de chalequito.
– Sí, un traje. Un traje… azul.
– Bueno, ¡azul! Pues… yo que sé, dadle una capita de tinte otra vez.
– Gene, igual si te los…
– No. No me los voy a quitar.
– No, si decía que los lavaras… pero mira, da igual. Al final no sé si bailas tú o bailan los pantalones…

– Gene, Gene, mira, ya que los tenemos de azul, aprovechamos y rodamos para Un Americano en París algún numerito.
– Están un poco sucios… esa lluvia debía llevar algo.
– Lo sé, lo sé. Es perfecto. Así queda como oscuro.

– ¡Vale, vale, aprovechamos que se destiñen y rodamos la del río!
– Vale, pero rápido, que la cremallera ya no baja, esto aprieta y puf… tengo que ir al baño.

– ¡Pefecto! Pues nada, ¿hay algo más para mí?
– Vaya, pues sí. Gene, oye. Que Minelli dice que que tiene otra película para ti, pero que… Bueno, que si podrías ponerte los crema otra vez.
– ¿Los crema? Joder, debería elegir mejor los guiones. ¡Al menos en orden! Los tenía crema hace unas cuantas películas…
– Lo sé, lo sé.
– Pues no sé qué hacer, con tanta pintura, se acartona… ¿igual rascando?
– Bueno. Venga. ¡Pero estate quieto! ¡Y deja a Cyd!

Al final, Gene siempre llevaba esos pantalones de talle altísimo… ¡y que le dejaban siempre a la vista los calcetines!

Protagonizó “Un americano en París” pero podría haber protagonizado perfectamente “Un guiri en Salou”, con esa combinación de zapato negro, calcetín blanco. ¿Quizá en una versión de claqué con sandalias?

En fin, ya os he contado una de mis mayores fascinaciones (fuera de lo cinematográfico-musical) viendo películas de Kelly. ¿Vosotros os fijáis en otros detalles chorra como estos?

A mi me pasa continuamente. Otra cosa que me fascina es cuando sale un suelo limpio limpio… y brillante. Si las paredes acompañan, me quedo extasiado. En las películas de Hollywood, donde todo se rodaba en decorados de Estudio, pasa mucho (ese suelo standard, sobre todo en musicales, donde todo brilla). Pero la imagen que no puedo quitarme de la cabeza cuando pienso en esto es la de “La Chaqueta Metálica”, en los barracones… ¡como una patena!

Tan perfeccionista Kubrick y me da que ahí patinó (y no de limpio que estaba el suelo), porque ¡un cuartel así de reclutas no hay quien se lo crea!

¿Vosotros qué fijaciones tenéis?

Salvador Allende, de Patricio Guzmán

He visto el documental que Patricio Guzmán hizo sobre el presidente chileno en 2004. Salvador Allende, considerado por muchos como el primer presidente marxista en el mundo que accedió democráticamente al poder.

Patricio Guzmán es un director de documentales políticos que se hizo conocido con una película sobre el gobierno de Allende: La batalla de Chile. Cuando empezó a rodarla, en 1973, no se pudo imaginar las consecuencias que este rodaje tendría para él. Tras el golpe de estado que desencadenó la muerte de Allende y la dictadura de Pinochet, Guzmán pasó 15 días en la cárcel. Cuando le liberaron se las ingenió para sacar la película del país y vivió el exilio en Europa.

30 años después Guzman presentó Salvador Allende, un nuevo documental sobre la dimensión humana e intelectual del hombre. Su voz en off está presente durante toda la narración y desde el primer momento deja patente que es su visión subjetiva y personalísima lo que vamos a ver:

“Salvador Allende marcó mi vida. No sería el que soy si él no hubiera encarnado aquella utopía de un mundo más justo y más libre que recorría mi país en esos tiempos. Yo estaba allí, actor y cineasta (…) Aquí estoy en el mismo lugar que hace 30 años me dijo adiós un simple muro cerca del aeropuerto. Detenido en el Estadio Nacional, sometido a la máquina de olvido que se ponía en marcha un sólo deseo me animaba: salvar los rollos de La batalla de Chile que contenía la prueba de ese sueño despierto que vivimos con Allende. Salí al exterior con esas bobinas y cuando terminé la película entré al exilio (…) Cuando vi a Salvador Allende por primera vez, junto a Pablo Neruda, yo era muy joven y pasé de largo. Luego, al regresar con mi diploma de cineasta fueron los rostros del pueblo los que quise filmar. Allende estaba allí, era parte del paisaje humano de esa historia, pero no me di cuenta que sin él no había historia. Hoy, su figura va ocupando cada vez más lugar en mi mente. Necesito saber quién era este hombre. Cómo se puede ser revolucionario y demócrata a la vez”.

“Salvador Allende” es, como os podéis imaginar, un poco hagiográfica y muy emocionante.

Y tiene el mérito de incluir una voz discordante con la figura de Allende, única pero muy interesante por su posición clave en la historia de los acontecimientos: la de Edward Korry, quien fuera embajador estadounidense en Chile durante el ascenso y caída de Allende. Korry admite sin reparos que Nixon pedía la cabeza de Allende. Y dice que Allende no era un revolucionario, sino un hombre de ideas socialistas que se dejó llevar por aspiraciones un tanto ególatras:

“Creo que Allende era una persona pacífica, un extraordinario ser humano. Si no hubiera admirado tanto a los héroes del marxismo, del leninismo, como Castro, Mao, Ho Chi Ming, el Che… Si se hubiera dejado llevar por sus instintos, se habría decidido por una vía más cómoda. Hubiera aceptado sin reparos un acuerdo con Estados Unidos. Pero su otra cara le decía: “tengo que seguir este modelo, ser un nuevo miembro del panteón imaginario de los héroes marxistas leninistas”.

Os dejo con el vídeo de una entrevista a Patricio Guzmán:

Me siento como Howard Bannister

¿Qué me pasa, doctor? fue la tercera película de Peter Bogdanovich, su segundo éxito después de Last Picture. La he vuelto a ver después de muchos años, simplemente por el placer de reencontrarme con la que recordaba como la mejor escena de persecución de todos los tiempos. Corría el riesgo de llevarme un chasco, pero no. Sigue levantándome los pies del suelo esa carrera loca por las cuestas de San Francisco que termina con un masivo chapuzón en la bahía.

Según cuenta la leyenda no se obtuvieron los permisos legales para rodar la parte en la que los coches descienden por la escalera de Alta Plaza Park y causaron daños que aún son visibles.

Como bien explica esta misma web sobre la película: “Peter Bogdanovich obró un milagro: transplantar sin merma la esencia del espíritu de la clásica Screwball Comedy a nuestros días”.

A “aquellos días”, corregiría yo, porque ya han pasado casi 40 años desde que se rodó. El caso es que sí, que la película tiene el ritmo y salero del cine que la inspiró. El personaje que interpreta Ryan O’Neal, el doctor en musicología Howard Bannister, a mí me recuerda muchísimo a otro doctor: el interpretado por Cary Grant en la estupenda Me siento rejuvenecer.

Ambos doctores son extremadamente despistados, torpes y viven ensimismados en el estudio de sus respectivas materias. Las mujeres que hay en sus vidas son novias-madres que actúan de parachoques entre la realidad y sus patosos maridos, ya que ellos son incapaces de valerse por sí mismos fuera de sus laboratorios… Hasta que la realidad les desborda y les pone a prueba. Entonces se desencadena la comedia. En guión hay una expresión que describe este tipo de premisa: “pez fuera del agua”.

Salvo por el detalle de la novia, yo hoy me siento un doctor Howard Bannister, un Barnaby Fulton a la merced de unos acontecimientos que le superan.

¿Y cuáles son?

El de cumplir con un deber cívico: ser el presidente de una mesa electoral.

A vuestro Escri le ha tocado esta papeleta. El Gobierno de España ha tenido a bien enviarme un Manual para los Miembros de las Mesas Electorales. Me lo he leído de cabo a rabo y me he puesto muy nervioso.

¡Tengo pánico escénico!

No sé si voy a saber hacerlo. Hay un millón de pequeños y fastidiosos detalles de los que estar atento. Por ejemplo:

La Presidencia de la Mesa anunciará el comienzo de la votación, con las palabras “empieza la votación”.

¿Y si me lío y lo digo al revés? “La votación empieza”. Habrá gente mirándome. Verán que lo hago mal. Me acusará con el dedo. No sé como reaccionaré ante la presión.

¿Y si pierdo la cabeza y me da por suspender la votación? Puedo hacerlo. Lo dice el manual. También dice que debo mantener el orden público en el local electoral.

¡Yo! ¡El orden público! ¿Y qué más, señor? ¿Que más?

Y mientras tanto, la gente está tan tranquila, reflexionando en Sol. Me voy ahora mismo para allá. Mi deber como ciudadano es advertirles de lo que les espera. Qué menos.

Fellini, contado por otros

“Fellini. Les cuento de mí: conversaciones con Costanzo Costantini” es el libro que me estoy leyendo ahora. Lo recomiendo mucho y para explicar por qué, he seleccionado tres testimonios de los muchos que aparecen en él, de gente que conoció a Fellini. El primero es un detalle muy tierno de Spike Lee. El segundo, de Anita Eckberg, cuenta de forma muy divertida cómo fue su primer encuentro con el director. El tercer testimonio es una carta que Henry Miller escribió en 1972, en un tono exaltado, infantil y genial.

Spike Lee: “Me gusta Fellini porque hace películas y al mismo tiempo crea todo un mundo, personal, exclusivo. Tuve la fortuna de conocerlo personalmente, en Roma. Me invitó a cenar. Yo estaba muy deprimido porque la novia me había abandonado. Como sabía que era un gran dibujante, le pedí que me esbozara algo. Tomó una servilleta y me dibujó de rodillas con un letrero que decía: “Por favor, Spike, recupérate”. Se lo di a mi ex novia con la esperanza de que restableciera la relación conmigo. Pero a ella le importó un comino el dibujo. Le pedí que me lo devolviera pero todavía no he logrado que me lo devuelva.”

Anita Ekberg: “Yo le dije a mi agente: “Pero este Fellini es un perfecto desconocido, ¿de qué me sirve recibirlo?” Pero mi agente concertó la cita, en mi hotel. Yo no hablaba una palabra de italiano, él no hablaba una palabra de inglés. Mi agente traducía. Yo le dije a Fellini: “Déjame ver el guión”. Fellini respondió: “El guión no existe”. “Esto es una payasada”, le dije a mi agente. “Si quieres, escribe tú el guión”, dijo Fellini. “Está completamente loco”, le dije a mi agente. La entrevista terminó sin llegar a ningún acuerdo pero pocos días después Fellini me envió al hotel unas hojitas con líneas de diálogo escritas en un inglés pésimo, horrendo. Las leí y me dio un ataque de risa. Me dije a mí misma “A lo mejor sería divertido, pero no puedo hacer una película con un loco como éste”. Pero mi agente firmó un contrato y me encontré atrapada.”

Henry Miller (en una carta que le envió): “Mi muy queridos Federico y Giulietta. Anoche, un gran acontecimiento marcó mi vida. Vi, por segunda vez en tres días, la inolvidable película Las noches de Cabiria. Al final, casi me desmayé frente a todos mis amigos, y lloré y sollocé como no me había sucedido más en dos ocasiones en toda mi vida, cuando perdía mi padre y cuando perdí a una amadísima esposa. No pude dejar de llorar durante diez minutos. Y sin embargo, no había gozado jamás de una emoción tan terrible. Me siento extraordinariamente aliviado, como cuando se entrega uno a un llanto irrefrenable. Y ahora quiero darles las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Que el cielo te bendiga, Giulietta. No existe actriz, ni siquiera la más grande, que me haya conmovido tanto como tú en esta película. Es una película que veré una y otra vez. ¡Qué maravillosa colaboración anima esta película! Hasta los subtítulos en inglés estaban bien hechos. No vi la película en un cine, sino aquí en mi casa. Alquilé una copia para tres días. Me dan ganas de llorar cada vez que pienso en la noche de ayer.”

Una vez os confesé que Amarcord es una de las películas favoritas de mi vida. Dos años después veo mi propia apuesta y la doblo: Amarcord es la película favorita de todas las vidas.

¡Ea!

Woody Allen nos hace reflexionar: ¿Qué es una obra maestra?

Acabo de leer una entrevista en la que Woody Allen vuelve a decir aquello de que, de toda su filmografía, que con Medianoche en París cuenta ya 42 títulos, sólo hay 6 o 7 películas que le parezcan muy buenas.

En otra ocasión incluso las nombró:

1. La rosa púrpura del Cairo.

2. Match Point

3. Balas sobre Broadway

4. Zelig

5. Maridos y mujeres

Y una guinda que nos dejó a todos muertos:

6. Vicky Cristina Barcelona.

A mí esta lista me recuerda esos test de inteligencia en los que se pide localizar el objeto o concepto que desentona (ya sabéis: “cuchara / tenedor / cuchillo / alfombra”).

Pero aparte de la sorpresa de Vicky llama la atención otra cosa: parece que Woody se hubiera esforzado por señalar aquellas en las que no sale Diane Keaton. De modo que ha obviado Annie Hall, Manhattan, Interiores, Misterioso asesinato en Manhattan, etc. Ni siquiera está Días de radio, en la que Keaton aparece de refilón.

¿Será casualidad?

En cualquier caso, yo habría hecho la lista muchíiiiiisimo más larga. Creo que hay bastantes películas que merecerían estar en ella, pero por lo visto Woody se pide mucho nivelón a sí mismo. Él se lo puede permitir, claro. Si yo me aplicara su rasero de autoexigencia caería fulminado al suelo por la conmoción. Sería como inyectarle al chihuahua de París Hilton la misma dosis de tranquilizante que usaron para dormir a King Kong: muerte instantánea.

Pero aún hay más. De esas películas que él califica como “muy buenas”, ninguna le parece digna de ser considerada obra maestra.

“Son películas de las que no tengo por qué avergonzarme. Se las podría mostrar a Kurosawa o Bergman sin sonrojarme. Pero no creo haber hecho ninguna obra maestra y, en todo caso, la mayoría de mis películas son solo pasables”.

¿Y no será cuestión de esperar a que pase el tiempo para saber si son obras maestras o no?, le pregunta el periodista.

Es decir, ¿qué es lo que hace que una película sea considerada obra maestra? ¿Que sea buena en su momento y lo siga siendo años después?

Me ha encantado la respuesta de Allen:

“Yo pienso igual que un juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos que dijo una vez, juzgando un caso de pornografía: No sabría definirla, pero la identifico cuando la veo. Yo no sé definir qué es una obra maestra, pero sé que El ladrón de bicicletas lo es, y Rashomon lo es”.

Aunque me encante la respuesta no me satisface del todo. Yo no quiero que me digan que estas películas son obras maestras. Porque eso es fácil. Sólo hay que abrir cualquier libro de Historia del cine y ahí te lo pondrá.

Lo que me gustaría saber es lo que dirán los libros de Historia dentro de medio siglo. Seguirán apareciendo Rashomon y Ladrón de bicicletas entre sus páginas, muy probablemente. Pero ¿lo hará Pulp Fiction también? ¿Y Matrix? ¿Antichristo? ¿Delitos y faltas?

¿Cuáles serán las elegidas? ¿Habrá muchas sorpresas? Títulos a los que ahora no hacemos mucho caso pero que nuestros descendientes considerarán fundamentales… Hagan sus apuestas.

Vendiendo la mona, gracias al cine

A estas alturas de la vida ya seréis pocos los que quedáis sin ver el anuncio protagonizado por un niño que, emulando a Darth Vader, intenta mover objetos usando La fuerza:

Un exitazo. Tanto, que incluso ha generado una parodia con Thor.

Viendo este anuncio se me ha ocurrido una idea: ¿por qué no hacer un post de ésos en los que enlazo vídeos en un momentito, para que así pueda pasarme el resto del domingo tirado en el sofá bebiendo cerveza y disfrutando alguna película que emita TCM?

¡Fantástica idea! Incluso he ido más allá, dando a luz una idea parásita de esta primera idea: ¿por qué no pedir ayuda a los amigos de facebook y twitter para que sean ellos los que me busquen los vídeos y yo no tenga que hacer prácticamente nada?

¡Ideón! Me voy superando.

Pensado y hecho. He aquí una selección exquisita de anuncios cinéfilos. Al final del todo os diré cual es mi preferido:

Empezamos por uno ochentero, inspirado en Tiburón. Salen tetillas, sale Christopher Lambert. ¿Qué más se puede pedir?

Seguimos con anuncios de coches. Éste homenajea El Padrino II:

Los Cazafantasmas:

Y gustándome como me gusta Steve McQueen no podía faltar éste anuncio en el usaron imágenes de Bullit.

Coooool!

Pero éste con Dennis Hopper haciendo un guiño autoirónico sobre el paso del tiempo no se queda a la zaga:

Forrest Gump, ¿te gusta conducir?

En España también tenemos anuncios cinéfilos, como este inspirado por La flor de mi secreto:

Y este otro sobre La comunidad, dirigido por el propio Alex de la Iglesia:

Y ya hemos llegado al final de la lista, pero por supuesto os invito a ampliarla en comentarios.

Me despido, como os dije, con mi favorito. Un anuncio que me ha acojonado y hecho reír a partes iguales:

Dirt Devil-The Exorcist from MrPrice2U on Vimeo.

Y a vosotros, ¿cual os gusta más?

El Resplandor, 30 años después

Se supone que mi estancia en el hotel Overlook debe ser el punto cumbre de mi terapia. El psiquiatra me ha animado a venir porque, según él, después de 30 años de tratamiento ya estoy preparado. He llegado esta mañana con mi novia Nathalie. Se quedó muy impresionada cuando le conté que hace tres décadas mi padre intentó matarnos a mi madre y a mí, y que inmediatamente después sufrió un ataque al corazón que le dejó tieso como un muñeco de nieve grotesco.

También la he avisado de que en el hotel hay fantasmas. Esto se lo ha tomado más a cachondeo. Lo sé porque cuando he abierto la maleta he encontrado una ouija entre mis calcetines. Le he reído la gracia pero podría haberle dicho que yo no necesito cachivaches para hablar con los muertos porque ya tengo mi dedo índice. El muy cabrón no ha parado de rajar desde aquel invierno.

Una vez que mi madre y yo nos escapamos de Overloock mi amigo Tony dejó de hablar conmigo y los fantasmas ocuparon su puesto. Desde entonces toda la plantilla del hotel utiliza mi dedo como si fuera un interfono: mi padre, el cocinero, las gemelas, el botones… ¡incluso el barman silencioso me pregunta de vez en cuando que si quiero una copa !

A veces se ponen a hablar en los momentos más inoportunos, y en los lugares más impúdicos. Sitios en los que el sentido del decoro impondría silencio a un dedo más sensato.

Con el tiempo he conseguido domesticar a mi índice. Ya sólo habla cuando estamos a solas y algunas veces cuando estoy con el psiquiatra. Él dice que la meta de mi terapia debería ser acallar esa voz. Cree que no es mi dedo quién habla. Se cierra en banda a aceptar que los fantasmas de Overloock usen este apéndice de carne y hueso para comunicarse conmigo. Dice que soy yo quien usa el dedo para expresar cosas que no me atrevo a decir a título personal. Llevamos años discutiendo sobre este punto. Durante alguna de esas tensas sesiones el fantasma que hacía guardia en mi dedo se ha sentido molesto y ha insultado al psiquiatra. Yo intento explicarle que los insultos no provienen de mí. “Ésa era Mirtha, la gemela más temperamental”, le digo. Pero él siempre me sale con lo mismo: “Te he visto mover los labios, Danny”.

Comprenderéis que mi vida ha sido una sucesión de situaciones absurdas y embarazosas. Quiero acabar con esta pesadilla. Yo no he venido aquí a superar traumas ni mariconadas, como cree mi psiquiatra. He vuelto a Overloock para abrir una mesa de negociación con mis fantasmas. Incluso estoy decidido a amputarme el dedo si no llegamos a un entendimiento.

La otra opción que me queda es matar a mi novia. No quisiera tener que hacerlo pero sé que mi viejo se pondrá muy persuasivo con esto. Intentaré que las cosas no lleguen a este punto, pero la verdad es que nadie sabe lo que puede llegar a pasar en Overlock.

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