Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Archivar para el mes “agosto, 2007”

El tocho

He empezado a leer Moteros tranquilos, toros salvajes.

Es muy interesante pero puede que no lo termine nunca. Entiéndanme: tiene 667 páginas.

¡¡¡667!!!

Es casi el número del diablo, pero sobre todo es lo que en la EGB llamábamos “un tocho”. Sobra decir que los tochos y yo nunca nos hemos llevado bien. Flipo por un tubo cuando veo a gente leyendo tochos en el transporte público. Sufro por esas personas y creo que se debería instalar un atril en cada asiento del metro para hacer más llevadera su pena. Y así los que no leemos podríamos apoyar la frente en el atril y echar un sueñecito.

Yo leo Moteros tranquilos, toros salvajes en la intimidad de mi hogar y disfruto muchísimo enterándome de anécdotas que no sé si son verdad o mentira pero lo que sí es seguro es que hacen que este final de agosto sea más entretenido…

Anécdotas como que Roman Polanski era un machista (aunque la palabra exacta que utiliza Biskind para definir su actitud hacia las mujeres es “europeo”). Y que se pasaba el día diciéndole a Sharon Tate : “Sharon, sírvele una copa a Fulanito”. “Sharon, quítale la cáscara a este langostino”.

Que la misma Sharon era un poco tontilla y que cuando empezaba a regar las plantas no sabía cuando parar, y sus amigos se la quedaban mirando incómodos, sin atreverse a decirle “Sharon, se está haciendo un charco en el suelo”.

Que Warren Beatty era un espabilao de la vida de esos que cuando se proponen algo lo consiguen y que de no ser por él, una película como Bonnie and Clyde nunca hubiera existido.

Que cuando entrevistó a su secretaria le dijo “antes de contratarte, tengo que verte las piernas”. Y la chica se subió la falda.

Que el guionista Robert Towne era alérgico al vino y al queso. Y que le clareó el pelo desde muy joven.

En fin. Como la cosa siga así de calentita puede que… oh, dios… puede que me termine este tocho. Ya me estoy haciendo a la idea.

Pero lo que me tiene verdaderamente preocupado es que Biskind ha escrito otro libro (886 páginas). Si Moteros tranquilos es un relato periodístico sobre la ascensión y caída de los jóvenes realizadores de los años 70 (Coppola, Scorsese y demás), Sexo, mentiras y Hollywood toma como protagonistas a la nueva generación de los 90: Tarantino, Kevin Smith, Soderbergh… Otra ración de jugosas, grasientas anécdotas…

Como que Tarantino hizo que su abogado llamase a Roger Avary ofreciéndole un trato para sacar su nombre como co-guionista de Pulp Fiction. Y desde entonces no son amigos.

Más información en este artículo.

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Muertos de Risa

Muchas veces los cómicos esconden vidas trágicas. Ese parece ser el caso de Owen Wilson, el inolvidable Hansel de Zoolander, y uno de los rostros más emblemáticos de la actual comedia americana, gracias a títulos como “Los padres de ella”, “De boda en boda”, el remake de “Starsky y Hutch“. Wilson, hermano de los actores Luke y Andrew Wilson, también ha contribuido al cine indie gracias a sus papeles en “Bottle Rocket”, “Life Aquatic” o “The Tennembaums”, de la que también es coguionista.

Parece que Owen iba en serio. Según diarios sensacionalistas, tomó pastillas y se cortó en ambas muñecas. Ahora se recupera en el hospital Cedars Sinai de Los Ángeles, mientras ve cómo toda su agenda profesional se va al garete. Al parecer, un suicidio fallido es un suicidio profesional seguro.

Ya está confirmada su salida de Tropic Thunder, la nueva comedia de Ben Stiller, y los portavoces de los estudios de las películas en las que tenía previsto participar declinan hacer comentarios sobre el asunto.

Su caída (espero de todo corazón que este actor tan carismático y cachondo salga adelante) recuerda a los casos de John Belushi, derribado por las drogas en el suelo de la siniestra sala Viper Room, al igual que Chris Farley; a Lenny Bruce, también malogrado por la morfina y el alcohol, a la tristeza de Andy Kaufmann, brillantemente retratada por Milos Forman en mi querida “Man on the Moon”.

Los actores dramáticos hacen que el mundo llore. Los actores cómicos trabajan para que el mundo ría. Dan lo mejor que tienen, (y que muchas veces no encuentran su interior) para aliviar a los seres aburridos, desesperados o tristes. Absorben la tristeza de los espectadores y la transforman en risas, buenos ratos y carcajadas; pero a veces metabolizan mal el asunto y toda esa tristeza que han asumido se vuelve contra ellos.

Ánimo, Owen. Hansel nunca se rendiría.

FE DE ERRATAS: Mi amigo el de Chamberí me comenta que John Belushi no falleció en el Viper Room, sino en el tremendamente encantador Chateau Marmont. Ustedes perdonen.

American Dreamz

Ayer alquilé American Dreamz. Lo hice porque su guionista y director es Paul Weitz, el tipo responsable de Un niño grande, una de mis comedias favoritas de los últimos tiempos. Y la verdad: no me ha decepcionado.

American Dreamz es una de esas películas norteamericanas que la parte no estadounidense del mundo suele apreciar porque se ponen a parir ellos mismos. Y claro: como se conocen mejor que nadie, lo hacen divinamente.

Por alguna razón (o por muchas razones) nos encanta ver como los estadounidenses se humillan. Como si fuésemos una novia despechada a punto de alcanzar el orgasmo al ver que su novio se arrastra por el suelo, pidiendo perdón por alguna tropelía en particular y por existir en general.

Cuanto más dura sea la autocrítica que desprenda de la película, más gustirrinín nos da. De modo que cuando una comedia como American Dreamz juguetea con las teclas de la autocrítica pero no las pulsa hasta la inmolación total, la solemos calificar de “acidez descafeinada” y zarandajas condescendientes por el estilo, que más que perdonarle la vida a la película nos ponen en evidencia a nosotros mismos.

Nada de esto que acabo de decir importa demasiado: si quiero defender la película se debe a que es ingeniosa, viva y muy divertida.

American Dreamz es el nombre de un concurso de televisión calcado a American Idol (el Operación Triunfo estadounidense). Hugh Grant es su presentador y al igual que en Un niño grande, interpreta a un cínico, egoísta, consciente de su propia inmundicia pero sin puñetera gana de cambiar. Lo único capaz de ablandarle un poquito es verse reflejado en una aspirante a ganadora del concurso (Mandy Moore), tan dulce por fuera como granítica por dentro.

Pero quien más me ha hecho reír es Dennis Quaid, haciendo de presidente de los Estados Unidos cuyo padre también fue presidente y que lleva un aparato en el oído para que el jefe de su gabinete (Willem Dafoe) le sople todo lo que tiene que decir. En otras palabras: que es George Bush, aunque con otro nombre. Una mañana el presidente se rebela y pide que le dejen leer un periódico, lo que le crea una profunda crisis profesional y existencial que le lleva a encerrarse durante semanas en el dormitorio oval, leyendo sin parar y descubriendo con sorpresa que las cosas no son como se las habían contado en los informes redactados por su equipo.

– ¿Los informes? No estoy seguro de que me informaran bien. Es decir: que no creo que Irán y Corea del Norte sean como el Dr. Octopus y Magneto.

Otro personaje con crisis existencial es un terrorista islámico, amante de los musicales de Broadway y que protagoniza números tan cachondos como éste:

Hoy tengo que devolver la película al videoclub y oyes… como que me da penita.

Sin Dios

“Sigo como Dios” es un auténtico Sin Dios. El reino del sinsentido argumental, el reino del humor blanco para familias estúpidas, el reino de los chistes malos repetidos y el mundo del gasto desmesurado para hacer una película tontísima.

Yo fui a verla por mi devoción, no tanto a Dios, sino a Steve Carell. Algunas de sus carantoñas y reacciones ayudan a tragar el polvorón detestable, lleno de azúcar y pringue, que es esta película, cuyas deficiencias son comunes a la mayoría de las comedias americanas malas (la mayoría).

Odio el revestimiento de entretenimiento familiar.

Parece que todas las p***s comedias con aspiraciones de hacer buena taquilla tienen que incluir una moralina en la que el protagonista tiene que enmendarse y pasar más tiempo con la señora y con los hijos. Siempre hay una función de teatro o un partido de béisbol o una excursión a la que faltar, siempre hay unos críos mohínos y una mujer represora y amargada detrás.

Además, en “Sigo Como Dios”, hay una presencia grimosa. Su mujer en la película es especialmente repugnante, por lo mala que es la actriz (es cierto que su papel es una bobada increíble), por lo cursi que es, por los chistes tan malos que le colocan en la boca, porque ni siquiera tiene una profesión, y sobre todo porque es la mamá de las chicas Gilmore, cumbre del ñoñismo occidental. Esta actriz es mala de solemnidad y toda la familia de Evan Baxter merece ir al infierno por aborrecible, cursi y manida.

La peli, que se ha estampado en EEUU, ha sido una de las comedias más caras que se recuerdan. Cualquier episodio de “The Office”, la versión americana de la serie inglesa, protagonizada por Carell, tiene más gracia que esta chorrada de espíritu tan sumamente Reagan.

Así que en definitiva, coged los siete euros e invertidlos en Ratatouille, si es que no la habéis visto ya.

El material

-Ya. Pero entonces… ¿Cuál es el mejor sitio para pillar?

-Pues… eso no te lo venden en ninguna tienda.

-¿Y en la calle, así en plan clandestino?

-No, en la manta no vas a encontrar nada de eso.

-Pero díme, ¿dónde puedo encontrar esas mercadurías?

-Tendrán que traértelas desde Nueva Zelanda.

-La virgen.

-Sí, tendrán que venir desde los confines de la tierra, pero créeme, la décima temporada de Frasier en DVD merece la pena.

Ayer estuve cenando en una sociedad gastrónomica de guionistas anónimos y asistí a este apasionante diálogo en torno al “material”, o sea, las series se han convertido en el combustible que necesitamos para seguir pedaleando este patético Tourmalet que es nuestra carrera.

(Vale, me ha quedado muy dramático lo del Tourmalet.)

Lo mejor de estas reuniones no son las apasionadas discusiones sobre el “material”, ni la ración habitual de “quién está haciendo qué”, sino el chorro de historias a presión que riegan una velada llena de risas y fraternidad gremial.

Somos unos drogotas de las historias, sea contadas, leídas, en dvd, en cine, o en Internet. Haríamos lo que fuera por conseguir un poco más de “material.” No queremos que el “material” pare de circular jamás por nuestras venas y fluir hacia nuestros teclados, bocas y demás extremidades.

Únete al club

Ayer estuve ejercitando mis abdominales, pero no por la vía del sufrimiento, sino por la vía de la risa.

Ayer ví “El Club de los Suicidas”, de Roberto Santiago, y me reí muy a gusto muchas veces.

Basada libremente en el relato homónimo de Robert Louis Stevenson, “El Club de los Suicidas” ha sido escrita por el propio Santiago junto a Juan Vicente Pozuelo y Curro Royo, dos de los guionistas más solventes y reputados de nuestro cine. El planteamiento es lo que los que tienen el morrito fino llamarían high concept: un grupo de personas con tendencias suicidas forman un club en el que a través de un sencillo juego de cartas se designa una víctima y un asesino.

A partir de esa premisa, los personajes van enredando sus respectivas miserias vitales y viendo que lo único más difícil que morir es matar.

Es una comedia negra, con chistes muy variados: de diálogo, políticamente incorrectos, sexuales, visuales, culturales… Vamos, que parece que no se salva nadie. A pesar de ello, la peli también tiene vocación de comprender y querer a sus atribulados personajes.

Lo mejor:

Yo personalmente me quedo con los diálogos sobre temas banales en medio de situaciones extremas (que me recuerdan al maestro Tarantino, salvando las distancias culturales y de otro tipo) y sobre todo con la galería de personajes secundarios, que son con los que me estuve carcajeando toda la peli.

Lo peor:

Que no sé por qué una buenorra como Lucía Jiménez se quiere matar y nadie me lo dice.

Un momento para el recuerdo
: Maria José (Cristina Alcázar) intenta animarse para hacerlo con el obeso del club escuchando y bailando “Bailar pegados” de Sergio Dalma.

El Guionista Campeador

Probablemente el nombre de Halsted Welles no os diga mucho, pero resulta que es el Guionista Campeador. Esta misteriosa figura fue o es guionista de cine y sobre todo de televisión.

Un guionista que después de cincuenta años de escribir una película permanece en los créditos de su remake.

El remake de la maravillosa “El tren de las 3 y 10”, o en inglés, “The 3 10 to Yuma”.

El original, dirigido en 1957 por Delmer Daves, narra la historia de un hombre humilde que debe custodiar a un delincuente encantador y violento hasta que coja el tren de las 3 y 10.

James Mangold, director del remake, y su equipo de guionistas (que han acabado siendo tres) han respetado mucho de la estructura original, aunque han modificado algunos detalles. Las reglas de la WGA establecen que el guión sobre el que se pretende hacer un remake no cuenta como “fuente” sino que el guionista que firmó el original debe aparecer en los créditos.

El rastro de Welles, al que la WGA da por muerto, se pierde en los años 70, con un capítulo de la serie “Doctor’s Hospital”.

Ahora es el primer nombre en los créditos de guión de una de las pelis más prometedoras del momento. Así son los guionistas guerrilleros del mundo: su nombre no dice mucho, pero su obra sí. “El tren de las tres y diez” es su espada Tizona y aquí comienza su leyenda.

Más, aquí.

Just Justin

Alpha Dog es una de esas pelis que ves en el estante del videoclub y piensas automáticamente: “Será una mierda”, sobre todo porque sale Justin Timberlake y un puñado de mendas blancos vestidos como si fueran negros y muy chungos.

Pero no. Tenéis que superar vuestros prejucios y verla, porque es una sorpresa. Nick Cassavetes es un director estupendo, y lo digo porque este fin de semana he visto otra película suya. Pero de ésa ya hablaremos en otra ocasión.

Alpha Dog se basa en la historia real de Jesse James Hollywood, un jovencísimo traficante de drogas californiano que con veinte años ya estaba en la lista de los más buscados del FBI. En la peli el prota se llama Johnny Truelove (Emile Hirsch) y decide escarmentar a un tío que le debe pasta secuestrando a su hermano menor. Sin embargo el secuestro es más bien de cachondeo: llevan al quinceañero de fiesta, de ligoteo, le dan drogas… y el chaval se lo pasa como en su vida. Y hasta aquí puedo leer.

Es una historia contada con mucha elegancia, los actores se salen y yo no tengo la sensación de haber visto una peli así (ni parecida) antes.

Tenéis que verla. Y apasionaros con la historia de Jesse James Hollywood/Johnny Truelove. Y sí, Justin lo hace muy bien.

Stephen King vino a mi casa

Toc, toc…

-¿Quién es?

Soy Stephen King.

-¿Estifen quién?

Stephen King. El famoso escritor. ¿Me deja pasar, por favor?

-Eeee… bueno. ¿En qué puedo ayudarle?

Stephen King entró en mi salón mirándolo todo con ojos de loco hasta encontrar lo que buscaba: la estantería de libros.

¿Dónde están mis libros?

-¿S-sus libros? Pero si son míos. Esta es mi casa.

Stephen resopló con impaciencia, sin apartar los ojos de la estantería.

Me refiero a los que he escrito yo. Aquí hay mucha mierda de Michael Crichton. ¿Dónde están los míos? ¿Es que no me lee?

-Sí, claro que le leo. Ahí tiene un ejemplar de Carrie. Y ahí otro de Mientras escribo… Oiga ¿qué hace? ¿Me los va a pintarrajear?

Stephen King hacía garabatos en la portada de Carrie: florecitas, corazoncitos y memeces por el estilo.

Schh. ¡Calle! Estoy pensando una dedicatoria única y original para usted. Una que no haya escrito nunca.

-Oh.

Ya está: para el hijo de puta tacaño que sólo compra ediciones de bolsillo. Firmado: Stephen King. ¿Le gusta?

-Me encanta. ¿Le apetece un café?

No, ya me voy. Tengo que visitar a todos sus vecinos.

-Es que estoy escribiendo un guión de terror y me gustaría leérselo.

Uf, me viene fatal.

-Pero…

Stephen se marchó dando un portazo. Me quedé así como un poco vacío hasta que se me ocurrió una idea consoladora: a partir de ahora sólo compraré libros de Zadie Smith, Carmen Posadas y Silvia Sánchez Rog. Me peinaré la raya al lado y esperaré a que vengan a firmármelos. Desde entonces me siento a esperar leyendo el periódico.

Hoy me he topado con la siguiente noticia.

“El exitoso escritor Stephen King fue confundido con un gamberro cuando se dedicó a firmar libros suyos en una librería australiana sin avisar a los dueños”

Qué listo es Stephen: firmando de incógnito en las librerías se ahorrará tiempo, subir escalones y soportar a pesados con manuscritos en los cajones.


Aquí una a la que no le abriría la puerta

Bourne y el cine porno

Ayer ví “El Ultimátum de Bourne”.

Estaba como loco por verla. Desde que ví el primer trailer pensé: “Con esta me voy a divertir como un enano, y además tendrá su intriga, su estructura, y sus quedonadas de espionaje”.

Pero fue una gran decepción. Me aburrí bastante viéndola, y al hilo de este aburrimiento, hice unas “profundas” reflexiones sobre el Séptimo Arte.

1. La persecución es lo más cinético o cinematográfico que hay.
Ya lo era desde los tiempos de Laurel y Hardy y Bourne se parece bastante al esquema de estas películas.

2. Las tortas, sean manuales o en coche, indistintamente del país en el que se produzcan, generan una adrenalina que calma al público, haciéndole pensar que están viendo un peliculón.

A mí, que me gusta una buena mano de ostias como al que más, que disfruto más que Chicho levantando faldas con una buena persecución, ya sea en coche o a pie, y que me encantan las superproducciones que se desarrollan en varios países, no me gustó demasiado este cierre de la saga de Bourne. (A pesar de que está rodada como Dios.)

No tiene apenas argumento. No tiene giros. A mí personalmente me recordó mucho a una peli porno Standard.

En vez de un tío o una tía follando en varios escenarios, Bourne siendo perseguido, primero en Londres, luego en Madrid, luego en Tánger, luego en Nueva York. En vez de follar, correr. En vez de orgasmos, tortas y explosiones.

Todo muy mecánico. ¿La historia? Pues creo que había una, pero no me importaba. Al final en las pelis porno, y en el Ultimátum de Bourne, lo único que importa es el movimiento.

Lo mejor, este vídeo parodia del programa de Jimmy Kimmel (con subtítulos en español; con faltas, pero algo es algo.)

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