Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Archivar para el mes “julio, 2007”

El arte de la conversación

El montador Walter Murch y el escritor Michael Ondaatje se conocieron durante el proceso de montaje de El paciente inglés. Se cayeron bien, se interesaron mutuamente, y como resultado de esa relación nació este libro-hijo, El arte del montaje, en el que Ondaatje recoge las largas conversaciones que mantuvieron a lo largo del año 2000.

Murch ha montado y/o diseñado el sonido de películas como El Padrino, II y III, American Graffiti, La conversación, THX 1138, El Paciente inglés, Apocalypse Now o Cold Mountain.

Algunas de las charlas que aparecen en el libro tuvieron lugar frente a unos monitores de Avid, mientras Murch trabajaba en Apocalyse Now Redux.

Algo natural, teniendo en cuenta la personalidad tan rigurosa de Ondaatje, que dedica una media de cinco años a cada uno de sus libros, y que aquí, como no podía ser de otra manera, pone toda su voluntad en desentrañar el trabajo de Murch, saber cómo se hace, qué lo diferencia del de otro profesional, por qué tomó una determinada decisión creativa en tal o cual película…
Una y otra vez parece (y quiere) llegar a la conclusión de que el oficio de montador se parece mucho al oficio de escritor.

Aunque Murch parece sentirse más como un compositor musical.

Ondaatje: …A lo mejor todos los montadores tienen esa capacidad de reconocer pautas.

Murch: Hay unos condicionamientos matemáticos subyacente que determinan como se ensambla una película, que son sorprendentemente constantes y aparecen independientes de las películas en sí… Para mí puede que el cine esté actuando en el punto en que estaba la música antes de la invención de la notación musical, de la escritura de la música como una secuencia de marcas sobre el papel… Si comparamos la música del siglo XII y la del siglo XVIII notarás una diferencia de enorme magnitud en su desarrollo técnico y emocional , y todo eso fue gracias a la capacidad de escribir la música en papel… No sé si en cine llegaremos a ser capaces de crear algún tipo de notación cinematográfica.

“Walter es alguien a quien siempre resulta interesante escuchar”, dice Michael Ondaatje en el prólogo. Y tiene razón.

Este es un libro con el que he aprendido mucho porque habla de narrativa, yendo de momentos cinematográficos concretos a conceptos abstractos. Y porque habla de ARTE, así con mayúsculas (y con dos co*****). ¡Pero es que este libro es arte! El arte de la conversación.

Eso sí: tampoco hay que ponerse estupendos y olvidar que, como dice un amigo mío, el arte no es más que morirte de frío.

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Fast Food Nation

Cuando salí de ver “Super Size Me”, juré y perjuré que no volvería a comer una hamburguesa.

Debe de ser que mi palabra no vale demasiado.

Hoy he visto “Fast Food Nation”, basado en el libro de Eric Schlosser, y juro y perjuro que no quiero ver más documentales del tema.

Bueno, no es un documental. Es una ficción casi documental. La peli, de Richard Linklater, es un presunto fresco sobre la sociedad estadounidense, vista desde el negocio de la carne de vacuno, y sobre todo desde la óptica de sus puteados trabajadores mexicanos.

La intención es buena, pero de la misma manera que cuentan que la mierda se mezcla en proporciones diminutas con la carne de las hamburguesas, una cierta demagogia se entrevera en las (demasiadas) tramas que trenzan la narrativa de la peli.

Un ejecutivo de márketing viaja a la empaquetadora de carne para descubrir la verdad sobre unas hamburguesas gigantes. Varios trabajadores inmigrantes son explotados a varios niveles por la compañía. Una trabajadora de la cadena de Fast Food identifica su trabajo con la negación de un futuro digno. La misma trabajadora se hace amiguita de unos jóvenes concienciados que intentan boicotear al imperio.

Todo bien, ¿no? Pues el resultado es tan sórdido y extremado, tiene tan poco humor y es tan sumamente explicativo, que el presunto verismo se va a la mierda. Y encima, añadámosle el toque complaciente, con estrellas de Hollywood apareciendo cada diez minutos para apoyar la “denuncia” que logran que la digestión de esta peli se haga tan chunga como cinco cajas de nuggets con polvorones de postre.

Larga vida a Super Size Me, que tiene la capacidad de aterrorizar a la población mientras se descojonan.

La mediadora

Ayer estuve en una cena con guionistas de televisión, aunque aquello se parecía más a una terapia de grupo.

De todas las historias allí contadas la que más impresionó fue la de una bella compañera que decía haber llegado a un punto en el que no sabía si abandonar la profesión y dedicarse al montaje de bolígrafos.
En la última serie en la que estuvo le tocó hacer de mediadora entre la productora y la gente de plató.

Por gente de plató entiéndase actores y directores, personas que, por lo general, pueden opinar sobre los guiones, pero que en ningún caso tendrán la última palabra sobre ellos.

Porque en televisión el productor ejecutivo es Dios. Y los guionistas son unos angelitos sin genitales que revolotean a su alrededor.

Pero en esta serie ocurría algo extraño: los actores y directores se rebelaban contra la autoridad divina. Y a mi amiga le había tocado el marrón de ser la única representante de Guión en plató. Todos los días pisaba territorio comanche.

“Pues ahora llamas al productor ejecutivo y le dices que esta escena es una mierda y que la vamos a hacer como nos salga de los huevos”, le decía un actor principal.

De modo que lo que empezó siendo un trabajo de guionista, acabó convirtiéndose en un trabajo de traductora.

“Oye, Dios, que ha dicho Actor que por qué no metemos estos cambios, que podría quedar la escena mucho mejor”.

Como en aquel anuncio de Coca-cola en el que un niño cursi dulcifica las borderías que se dirigen sus padres. Mi compi sabía que si ella no ejercía de filtro, aquello se iba a convertir en un parlamento taiwanés.

Mi amiga no es ninguna niñita asustadiza, pero la presión a la que estaba sometida era mucha. Por un lado, los de plató la desacreditaban y trataban con desconfianza. Y por otro lado, la gente de la productora la acusaba de no saber imponerse. Unos y otros tiraban de ella como si de una muñeca se tratara y en más de una ocasión tuvo que escaparse para dar un paseo. O sea, para llorar sin que nadie la viera. Nadie, excepto los camioneros que entraban y salían del polígono industrial donde estaba ubicado el plató.

Finalmente, gracias a su profesionalidad y su encanto personal, consiguió que las fieras comieran de su mano. Pero nada pudo evitar que las cosas acabaran como en un parlamento taiwanés.

No podía ser de otra manera.

El Escri se va a los Puertos

Joseph Louis Mankiewicz tiene la culpa.

Si no hiciera pelis tan cojonudas como la del tráiler o como “Odio entre Hermanos”, (House of Strangers, 1949) no hubiera pasado nada.

Como guionista, sería muy lerdo como para decir, a tenor de las descargas P2P, el mundo gratis de Internet y tal, que beneficia al cine y a los (muchas veces) sufridos trabajadores que intentamos ganarnos el pan con él.

El cine pierde pasta a raudales con las redes P2P.

Pero como consumidor y adicto al cine, creo que la cuestión reside en un manejo moderado de las posibilidades de estos programas.

Yo me compro DVDS a manta, especialmente las series que puedo comprar en mi país. Cuando viajo a Estados Unidos, también me los compro. Veo o alquilo el 100% de las pelis de estreno.

Ahora bien, si, como en el caso de Lost, a pesar de tener tele digital, tengo que esperar un año para ver la Tercera Temporada o dos para comprármela, creo que bajármela es un imperativo moral.

Y eso mismo me pasa cuando he intentado volver a ver esta obra maestra del amigo Joe. Sólo me queda descargármela o comprármela por Amazon, pagar gastos de envío y esperar algunas semanas. Demasiada jaula para tan poco pájaro.

Bien, lo intento. Pero resulta que mi carísima conexión de ADSL ha jorobado mis puertos, confiriéndome, si me he enterado bien, una identidad baja que no me permite acceder a descargarme la dichosa película, IMPOSIBLE DE COMPRAR EN NUESTRO PAÍS.

Llamo a esta compañía, que hipócritamente ofrece ayuda para configurarlos. Tras 20 minutos en un 902, no sólo no me ayudan, sino que me joden el WIFI. Llamo para comentar esta incidencia (es decir, que no me han ayudado, sino que me han jodido vivo) y ahora me dicen que no prestan soporte técnico a Mac, a pesar de que ya me han resuelto varias averías.

No sé vosotros, pero como dicen en “Network”, estoy más que harto y no pienso seguir soportándolo. No sólo tenemos la conexión de ADSL más cara de Europa, sino que tienen carta blanca para prestarnos un servicio de mierda y encima dárselas de enrrollados.

Eso hace renacer en mí la creencia de que debemos protestar todo lo protestable, a fin de cuentas ellos son los que van dejando un reguero de pasta (la nuestra) que se les sale por las orejas.

Creo en el uso razonable y moderado de las redes P2P
, del mismo modo que creo que no hay que dejar de comprar DVDs, ni desde luego de ir al cine o ver el mejor en la tele.

En lo que no creo (y jamás creeré) en que nos traten como puta por rastrojo.

Se nota, se siente, película latente

Como dije el otro día, estoy pasando por un momento videoclub revival. La cartelera no me satisface. Y me he despistado con las dos únicas películas que de verdad me interesaba ver: The last days y Mala noche, de Gus van Sant.

Total, que entre lo aburrido de la cartelera veraniega (quizá Rodríguez y Tarantino consigan darle un poco de vidilla) y la ausencia de Lost, se me ha visto merodear mucho por el videoclub (palabras textuales de Jenisdeisi, mi vecina). ¿Y qué he alquilado?
Pues una película latente.

Una película latente es aquella que recuerdas haber disfrutado en algún momento de tu vida, pero de la que no te acuerdas un pimiento, aunque sabes que te gusta. De modo que, cuando te preguntan por tus películas favoritas, la incluyes en la lista. Eso sí: si te respondieran “ah, ¿sí? ¿Y cuál es el argumento?”, tendrías que poner alguna excusa para salir pitando de allí y no verte pillado en una fantasmada del tamaño de una ministra de cultura que lee a Sara Mago.

Bien, pues eso me pasaba con Scanners, de David Cronenberg, que era una de mis películas latentes favoritas, y yo quería que dejase de ser latente para convertirse en presente, como quien revela un viejo carrete de fotos que lleva años en un cajón.
Lo malo de esto es que las personas somos locuelas y caprichosas. Si ayer fuimos heavys, hoy cantamos en un coro rociero. Cambiamos de parecer con mucho desparpajo, y a menudo las películas latentes se convierten en decepcionantes después de haberlas revelado. Y eso, queridos amigos, es un horror y es antierótico. Da miedo descubrir que las bases sobre las que has construido tu personalidad, esos libros y películas referenciales, son de un material tan frágil que no resisten el paso del tiempo.

Le pasó a mi amiga Ana con The Rocky Horror Picture Show, una película que le fascinó siendo mocita y de la que llegó a aprenderse las letras de las canciones. Quince años después ha tenido que admitir que aquello ahora le parece un tostón marinero. Pobre.

Por eso no hay que confiar en las películas latentes hasta que no hayan sido reveladas. Son traicioneras. Como mucho, hay que concederles el beneficio de la duda.

Afortunadamente, la decepción no ha llamado a mi puerta con Scanners. La he disfrutado de principio a fin, como si la viera por primera vez (recordaba muy poco de ella) y me ha parecido una película magnética, con una narrativa ágil y elegante. Va como un tiro, no hay ni una sola escena que le sobre o que le falte, y parte de una idea tan rica que dan ganas de ponerse a desarrollar una serie sobre ella. Pero no, mira tú por donde, lo que van a hacer es otro remake. No creo que puedan superar esto: (no recomiendo que veáis el vídeo si os horrorizan el ketchup y los muñecos)

En fin. Y ahora os toca a vosotros: ¿cuál es vuestra película latente que más os ha decepcionado? Lloremos juntos.

El Mea Culpa de Aaron

La serie creada por Aaron Sorkin, “Studio 60 on the Sunset Strip” (en el vídeo, una promo en español) se canceló hace unas semanas, antes del final de su primera temporada. Es el final de un camino plagado de obstáculos y amarguras para el guionista de “the West Wing”, “Sports Night” y “Algunos hombres buenos”; las malas críticas, las pobres audiencias, y un tercer y poderoso enemigo: unos medios dispuestos a no perdonarle ni media al nuevo niño bonito de Hollywood, y que no han escatimado esfuerzos para ver la serie como si se tratara de un roman-a-clèf, un ajuste de cuentas de Sorkin con el negocio de la tele.

Ahora que la tomenta ha pasado, por primera vez Aaron Sorkin ha hablado del fracaso de su última y ambiciosa propuesta y de lo difícil que es navegar en un universo mediático en el que cada vez es más difícil saber si estás siendo juzgado por tu trabajo o por tu personalidad. “No estoy enfadado o decepcionado con nadie excepto conmigo mismo”, dijo Sorkin, “En algunas series puedes cometer errores y sobrevivir; en este, cometí demasiados como para poder sobrevivir.” A pesar de asumir su responsabilidad en el ostión de su serie, Sorkin se queja, “Cuando todo el mundo está intentando establecer conexiones entre la gente y tus personajes, ya no están viendo una serie; están viendo un programa del corazón.”

El cabreo de Sorkin es legítimo. Pero también era legítimo pensar en Studio 60 de esa forma ya que el protagonista de la serie creada por un escritor de televisión con problemas de drogas, era, ni más ni menos, un escritor de televisión con problemas de drogas.

Al final, Sorkin ha logrado asumir el fracaso. “Las expectativas eran altas y no pude satisfacerlas, así que se puede decir que nuestra serie ha fracasado claramente. Pero cuando escribes 22 episodios y los produces exactamente como tú los quieres, bueno, como alguien que conozco explicó, “Si las cosas de las que te quejas son aquellas con las que solías soñar, entonces todo va bien.”

Yo no he visto más que tres o cuatro episodios de la serie y me parecieron fascinantes, (aunque los ví sin subtítulos y quizá me lo inventé un poco), pero si es cierto que causaba cierta extrañeza ver una serie sobre la producción de un programa estilo SNL en el que los sketches no tenían ninguna gracia, y que la tentación de encontrar paralelismos entre la atribulada existencia de Sorkin y su fallida serie era imposible de obviar.

Me abstengo de juzgar con más profundidad esta serie, pero en este caso creo que para fracasar así hace falta una dosis de éxito previa descomunal. Un fracaso a lo grande está al alcance de pocas personas; y la cambiante élite de los fracasados comparte muchos miembros con la (también cambiante) élite de los genios.

Aburriéndome en una cárcel alemana

“Después de La vida de los otros el cine alemán vuelve a conquistarnos”.

Con esta frase tan de anuncio de Ferrero Rocher han promocionado el estreno de Cuatro minutos, una película del guionista y director Chris Kraus. Hay que tener morro para usar según que armas en publicidad. Pero oye, como lo han puesto a huevo diré que esta película me ha conquistado lo mismo que Isabel Preysler. O sea, cero.
Primero, por razones subjetivas: la protagonista me parece la versión femenina de un antiguo profesor mío cuyo recuerdo me da ganas de potar o de depilarme las axilas a mordiscos. Es la actriz austriaca Mónica Bleibtreu, caracterizada para interpretar a una profesora de piano octogenaria, triste y severa. Mirad qué guapa la han dejado.

Igualita que mi profesor. Lo juro. Podría poneros una foto de él, pero mi psicóloga dice que aún no estoy preparado.

Segundo motivo: que el argumento es un tostón marinero. Aburrido por previsible a más no poder. Esta profesora lleva la mayor parte de su vida dando clases de piano a las reclusas de una siniestra cárcel alemana, y aunque no viene a cuento, se acuerda CONSTANTEMENTE de cosas feas que le pasaron hace 60 años con los hijoputillas nazis (¡¡pereza!!). Entonces se topa con una alumna que es más chunga que la madre de Terminator II, pero que toca el piano de maravilla. Y claro, ya tenemos redención a través del arte.

¿Sabíais que 1 + 1 = 2 ? ¿Sí?

Lo malo es que ni siquiera queda el recurso de la lágrima fácil. Por muy bien que las actrices interpreten su papel, hay tal falta de belleza y de empatía en sus personajes que no consiguen caerme bien.

Resumiendo, que es gerundio: me entretienen y emocionan más los anuncios de turrones (aunque estemos en julio).

El Pistolero

El otro día bajé al videoclub, que es una cosa que yo hago mucho. Bajar al videoclub. Un lugar en el que, al igual que Tarantino, trabajé hasta que me echaron, que fue muy poco. Era desesperante ver cómo la gente se llevaba “Mensaje en una botella” y no “Clerks” o “Reservoir Dogs.” Vale, ahí se acaban mis similitudes con Tarantino.

Él tendrá el talento, pero yo tengo un pelazo. Seguramente yo perderé el pelazo, y el seguirá acaparando talento.

El caso es que eché una mirada diagonal al estante de las novedades y le dije al empleado:

-Hoy en día no se hace más que mierda.

Y teatralmente dirigí mis pasos al estante de enfrente, el de clásicos. Y al ver los títulos de las pelis en blanco y negro, de los clásicos europeos y orientales, recuperé una cierta sensación de equilibrio, de bienestar, de estar de nuevo en casa.

Una sensación familiar, como cuando era un moco y desafiaba las normas parentales para ver películas en la 2 hasta las tantas de la mañana. Vale, quedará cultureta o repelente, pero yo JURO haber visto “Perdición” en esa cadena en una noche de insomnio de los ochenta y haberlo disfrutado como un cosaco.

Y allí estaba “El Pistolero”, (The Gunfighter, Henry King, 1950), protagonizada por mi héroe Gregory Peck. Un western crepuscular antes de los westerns crepusculares, sobre un mítico pistolero que ha de asumir el peso de ser el mejor.

La estructura, sencilla y a pesar de eso super eficaz, moderna y dinámica, me hace pensar en cuánta razón tiene Mamet con el consejo que condensa en KISS: “KEEP IT SIMPLE, STUPID.”

No os perdáis “El Pistolero“.

No le déis la espalda al estante de los clásicos, sobre todo si os sentís sólos en este tiempo del ataque de las franquicias mierdosas. Hay mucha gente en blanco y negro para hacernos compañía.

Por qué sabemos forzar las cerraduras de los coches

Es un hecho conocido que los guionistas no solemos tener coche.
Vale, de acuerdo. Alguno de los que estáis leyendo conoceréis o seréis excepciones, pero no es así en la mayoría de los casos y pienso que éste es un tópico más para escribir en las actas de tópicos sobre la profesión.
No sabría extraer una conclusión de por qué sufrimos carencia de coche. Puede que la D.G.T. nos vete subliminalmente a través de sus campañas de concienciación, y cuando dicen “no podemos conducir por ti” en realidad nos están inyectando un “guionista, aparta de la autopista” directamente al centro del miedo de nuestros cerebros.
No me extrañaría, pues siempre he sospechado que las campañas de la D.G.T. no son trigo limpio, al igual que ése anuncio de caramelos Werther en el que un abuelo le dice a su nieto “ven, que te voy a dar algo bueno que saborear”. O algo así.


(Aquí un anuncio de la D.G.T. con alto contenido subliminal satánico)
El caso es que no disponer de coche ni de habilidades motoras nos impide alcanzar la armonía con el universo, ya que la mayoría de los platós y lugares de trabajo para un guionista de televisión se encuentran lejos, muy lejos. En polígonos industriales donde se sabe cómo entrar, pero no cómo salir. Quizás pase un autobús de vuelta a la ciudad dentro de un rato, quizás no. Quizás la productora ponga una furgoneta para transportar a todo el equipo, quizás no.

La consecuencia es que los guionistas, junto a nuestra mal merecida fama de vagos, nos ganamos una bien merecida fama de gorrones.

Imagínense la escena: un Eléctrico se dirige al parking del plató después de una jornada de 12 horas de trabajo (eso como mínimo). Cuando entra en su coche suspira, aliviado porque ya ha terminado. Se busca las ojeras en el espejo retrovisor y se lleva el susto padre cuando ve que hay un tipo desconocido sentado en la parte de atrás de su coche.

– ¡AH! ¡¿Qué haces ahí?!

– Eh, ¿qué pasa chaval? Te estaba esperando.

– ¿Pero tú quién coño eres?

– Vaya, hombre. Pues soy compañero tuyo.

– ¿Compañero? Pero si no te conozco.

– Sí me conoces, lo que pasa es que no te has fijado en mí. Soy guionista… ¿Qué? ¿Me llevas al Metro?

Cosas como éstas explican que los guionistas sepamos forzar las cerraduras de los coches a pesar de no tener carnet de conducir.


(Aquí, el típico guionista intentando volver a casa después del trabajo)

Actores en la estantería

Viendo a una actriz en la tele el otro día, recordé el día que la conocí.

Ya sé que este comienzo promete sexo, pero no lo hay. (Para que no os hagáis ilusiones.)

La conocí, junto al resto del reparto de una peli en cuyo guión participé, hará un par de años. Y saqué algunas primeras conclusiones sobre el gremio.

Hay muchas actrices jóvenes y bellas, delgadas y muy fumadoras, morfológicamente perfectas, sobre todo en pantalla. Al verlas en carne y hueso te dan ganas de darles un filete con patatas. Son criaturas perfectas, monísimas. Casi parecen irreales. Le hacen sentirse a uno feo por comparación.

Hay muchos actores habladores, atildados, intentando atraer la atención por todos los medios, y frecuentemente, consiguiéndolo. Contando chistes malos. Chistes buenos. Hablando. Convenciendo. Diciendo en un lenguaje invisible: “Puedo lucirme, colega.” Ellos y ellas son grandes seductores. Su trabajo es tan duro delante de las cámaras como detrás de ellas. Tienen que venderse con un empeño sobrehumano.

Dicen que en el mundo de los actores, y según voy teniendo experiencias lo voy confirmando, cuánto más consagrados e imprescindibles los actores, más educados y más humildes son.

Lo he oído de Penélope. Y de Paz. La palabra no es “diva”, o “estrella”, sino “profesional.”

Cuanto más famoso, menos problemas da y más fácil trabajar con ellos.

Los actores son divertidos. Los actores son frívolos. Algunos tienen talento, inteligencia, y con frecuencia, ambas cosas. De algunos lo mejor que se puede decir (y no es poco) es que son guapos.

Pero cuando me rodeo de actores, una tristeza se apodera de mí. Quizá porque no puedo olvidar esas oficinas de cásting que hay en las productoras, empedradas desde el suelo hasta el techo con miles de DVDs de actores y actrices buscando un hueco por el que entrar en la clase de vida con la que todos los cómicos sueñan.

Y mientras, siguen apiñándose en la estantería.

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