Escrito Por

El blog de Escrito Por: guionista y, sin embargo, humano..

Archivar para el mes “mayo, 2007”

¿El Fauno o Las vidas de los Otros?


“Decíamos ayer…”
fueron las palabras con las que Fray Luis de León retomó sus clases en la Universidad de Salamanca después de haber estado en la cárcel a causa de la “Santa” Inquisición.

Decíamos ayer que mi última prisión cinematográfica fue “Piratas del Caribe, en el fin del mundo.” Al día siguiente sucedió algo fantástico.

Algo mágico.

Algo emocionante.

Algo bello.

Algo contagioso.

Me reconcilié con el cine porque vi “La Vida de los Otros” y casi se me olvidó la estulticia de la película vista el día anterior.

“La vida de los Otros”, galardonada con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa (“El Laberinto del Fauno” también fue nominada en esa categoría), me conquistó.

Es una película sobria, sincera, precisa. Una peli que no hace concesiones. Es dura y realista. Y cuanto mayor su realismo y su dureza, mayor el mérito que tiene provocar una emoción tan intensa como la que yo sentí al escuchar la última frase de Hauptmann Gerd Wiesler, cuando tiene un libro (hasta aquí puedo leer) en sus manos.

Quien la haya visto lo recordará.

“La vida de los Otros” es una película hermosa porque habla, a la vez, de la miseria y de la grandeza del ser humano.

De ***SPOILER*** un hombre que ayuda a otro hombre que no conoce, arriesgando su integridad y su carrera. ¿Por qué lo hace? Quizá sea por amor al arte, por amor a la condición humana o simplemente por un irrefrenable ataque de dignidad.

La protección de Weisler hacia Dreyman y Christa es simplemente enternecedora. Su admiración por la actriz, en contraste con su escandalosa soledad, componen un personaje perfecto, humano, íntimo y desgarrado.

Me ha parecido una historia hermosísima y conmovedora. Los actores son unos putos genios. Y la impecable puesta en escena está al servicio de la historia.

“La vida de los Otros” es un “maravillón” porque es de esas pocas pelis que hacen creer en el ser humano, y no sólo eso, sino que hacen creer en el cine como algo que, en algunos casos, sigue siendo ARTE.

Y ya para dejarme de placideces, os diré que LVDLO le da sopas con onda al Laberinto del Fauno y que se merece el Oscar más que Fernando Alonso un cuello.

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Money Killed the Movie Star

El otro día ví “Piratas del Caribe: en el fin del mundo”, y creo que un título más oportuno sería, “Piratas del Caribe, en el fin del cine.”

Si alguno de vosotros se rasga las vestiduras, espero que tenga un cuerpo bien definido, porque es lo que pienso.

No es que sea una aberración cinematográfica, pero es una decepción. Admito que no he visto la segunda parte (Lazydork de Youtube sí, os pongo su saleroso vídeo), pero me parece profundamente molesto que las majors nos estén calentando los morros durante meses (a veces, años) para luego servirnos semejante empacho de, como dice Guillermo Zapata en su blog, barroco posmoderno.

Si, ya sabéis de qué pelis hablo. Aquellas que sacian nuestro apetito de drogadictos con varios trailers que resultan, a la postre, mucho más satisfactorios y apetecibles que la película completa.

Tanta expectativa para nada. 168 minutos de aventuras protagonizadas por personajes con motivaciones cambiantes, y algunas veces, incomprensibles; 168 minutos de derroche, pero no de talento, sino de pasta, sin que ello lleve necesariamente a ofrecer diversión, ni a escenas iinolvidables, ni a carcajadas.

No pido más que divertirme. Y en la primera me lo pasé en grande con Jack Sparrow y compañía.

Cada planito de la peli vale más que “Clerks”, por poner un ejemplo, y total para qué.

Es como si el vibrador de diamantes que Beckham le regaló a su esposa no tuviera pilas.

Es como si la gente de Hollywood, con su política de franquicias sin final, estuvieran matando el arte a golpe de talonario. El diario La Times ya anuncia de que puede haber una cuarta en camino.

Les propongo un experimento: que filmen todos los dólares que van a gastar dentro de sus respectivos maletines. Me imagino que terminarán antes y así sorprenderán a alguien.

Lecciones del Papa del cine Pop.

Me ha pillado el toro, amiguitos. Así que voy a escribir este post con el mismo espíritu con el que Roger Corman rodaría una película: sobre la marcha, corriendo, improvisando. Y a ver qué sale.
No pretendo insinuar que Mr. Corman no sepa lo que hace (eso es básicamente lo que nos diferencia). Al contrario, él es un hombre sabio, un maestro de maestros como Scorsese, Coppola, Joe Dante, Robert Towne o James Cameron. Pero ante declaraciones como ésta…

“Por una apuesta rodé en dos días The little shop of horrors, que costó 35.000 dólares. Decidí hacer la mitad de El terror en otros dos días, sin el guión terminado, simplemente porque detestaba que se desperdiciasen los magníficos y macabros escenarios de El cuervo una vez concluido el rodaje.”

…deduzco que el tipo no es precisamente un maniático del control. Si Stanley Kubrick y él hubieran intercambiado por un día sus cuerpos para desenvolverse cada uno en el set de rodaje del otro…habrían enloquecido. Corman de aburrimiento, y el otro por estrés.

Y es que Corman es un tipo hiperactivo que ha dirigido más de cincuenta películas, y producido y/o distribuído muchas más. Lo cuenta todo en “Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí un céntimo”, un libro que no contiene ni una línea de falsa modestia, orgulloso como estaba de haber empezado como mensajero en la Fox y terminar con semejante currículum a sus espaldas. El sueño americano en Hollywood.

O mejor dicho: a espaldas de Hollywood. Porque Corman era un cineasta independiente, apodado Rey de la serie B, Mascota de la crítica o Papa del cine Pop.

Corman siempre se ha preocupado de sacarle el máximo partido al mínimo de dinero. Es un rácano obsesionado con el dinero, cosa que él atribuye a haberse criado en los años de la Depresión. Sin embargo, llama la atención la gran cantidad personas que coinciden en calificarle con el mismo adjetivo: generoso.

Porque su antigua productora, la New World, era una especie de barco de Chanquete al que iban a recalar todos los niños que querían hacer algo en el mundo del cine. Son una multitud de cineastas agradecidos de haber recibido de él su primera oportunidad y algo incluso más valioso que eso: lecciones de cine. Pero muy su estilo. Improvisadas. Sobre la marcha, como si careciesen de importancia.

“En los primeros planos no repitas la composición, no recuerdes al ojo de ninguna forma que ya ha visto los mismo antes. Haz al malvado tan seductor como al héroe”, le dijo a Jonathan Demme en el rodaje de Luchando por mis derechos.

Jonathan Kaplan recuerda que el montaje provisional de su primera película, Night Call, le pareció tan desastroso que cuando se lo enseñó al productor pensó que nunca más volvería a trabajar.

“Pero Corman fue magnánimo conmigo. En su inseparable cuaderno de hojas marillas tomó unos 30 apuntes. Me leyó sus anotaciones y aquella fue la última vez en que alguien me hizo una observación puntual sobre mis films. Me sugirió en qué secuencias podía agilizar el diálogo, dónde debía cortar tres fotogramas… Encontradme, si podéis, a un ejecutivo de estudio que sepa discernir esas diferencias”.

Martin Scorsese le conoció cuando tenía 28 años y dice que Corman es, a pesar de sí mismo, un artista como hay pocos.

“En una ocasión me dijo: “Martín, lo que has de conseguir es un primer rollo bueno de verdad, porque la gente quiere enterarse de lo que pasa. Luego habrás de urdir también muy bien el último, para que el público vea cómo termina la historia. Lo demás no importa demasiado’. Es probablemente el razonamiento más sabio que he escuchado nunca en el mundo del cine.”

Después de tantas lecciones, de tantas películas, resulta conmovedor que Roger Corman mire hacia atrás y su conclusión sea ésta…

“…mi carrera me ha llenado moderadamente, no con plenitud. No conozco a nadie que haya visto colmados todos sus anhelos. A fin de cuentas, quizá no sea tan terrible”.

Han pasado 17 años desde que Roger dijo esto, y a día de hoy, con más de ochenta años, sigue produciendo películas. Quién sabe, quizá alcance la plenitud con su próximo proyecto.

¡Alí bumayé!

Me aburre el fútbol.

No le veo la gracia al tenis. El brazo de Nadal me parece un trozo de carne superfluo.

No entiendo qué hay de extraordinario en Fernando Alonso. Vale: maneja una máquina de puta madre y tiene buenos reflejos. ¿Y qué? Yo era campeón de Tetris en los recreativos de mi barrio y no daba tanto la lata.

Sin embargo…

Adoro el boxeo.

Es el único deporte capaz de dejarme pegado al televisor, el único capaz de hacerme soltar exabruptos: ¡uy! ¡aahh! ¡tomaaa! No soy un experto, pero sé dos verdades sobre el boxeo:

1- el boxeo tiene mala fama. Es políticamente incorrecto, como los toros, Jiménez Losantos o pegar a los niños. ¿Qué es violento? Pues sí. Pero no es una violencia descontrolada, sino una violencia idealizada. No es que las hostias sean platónicas pero los boxeadores siguen unas pautas muy estrictas. En tan importante la pegada como el juego de piernas, la resistencia física, la coordinación y la estrategia. Los boxeadores que más me gustan son aquellos que demuestran una habilidad especial para esquivar, los que doblan la cintura con la misma facilidad con la que yo pestañeo. Para mí los combates son como el ballet. Me encanta cuando los boxeadores están tan cansados que tienen que abrazarse para dejar de pegarse, hasta que llega el árbitro y les separa.

2- el boxeo es cinegénico, como casi todo lo políticamente incorrecto.Las películas sobre boxeo constituyen todo un género. Puntualizo: en realidad no existen las películas sobre boxeo, igual que no existen las películas sobre Derecho Penal. Hay, como mínimo, dos tipos de películas en las que un boxeador es el protagonista:

a) ascensión y caída del ídolo: al igual que en “El precio del poder” y otras películas sobre mafiosos, el ídolo es un triunfador, un pobretón que construye un imperio de la nada, pero el éxito le desquicia y traiciona a las personas que de verdad le importan. Lo más probable es que acabe solo y arruinado. Mi favorita es Toro Salvaje.

b) superación personal: el ídolo es un perdedor. Al comienzo de la historia nadie apostaría un round por él. Contra todo pronóstico y gracias al trabajo duro es capaz de sobreponerse, alcanzando la gloria en un espectacular combate final. “Rocky” es de este palo.

No sabría en cual de estos dos tipos encajar mi película favorita sobre boxeo: Fat city, de John Huston. No se la recomiendo a nadie que no tenga paciencia con el cine pausado. Esos saldrán corriendo en los primeros cinco minutos, pues tiene uno de los arranques más lentos que yo recuerdo haber visto jamás. Tampoco la recomiendo como vehículo para aficionarse. No hay combates espectaculares. De hecho, apenas hay combates. Lo que se muestra es un ex boxeador destrozado por el alcohol y a un aspirante no muy convencido de haber encontrado su vocación.

En cambio, a todo el que tenga cierto interés por el boxeo, sí que le recomiendo ver el documental “Cuando éramos reyes”, centrado en uno de los combates más sorprendentes de la historia: Muhammad Alí vs George Foreman (sí, el de las parrillas) en Kinshasa, año 1974. Alí engañó a Foreman, poniéndose contra las cuerdas y haciéndole creer que conseguiría una victoria rápida. Pero lo que en realidad estaba haciendo era dejar que se cansara. Después de ocho asaltos aguantando los cada vez menos enérgicos golpes de su rival, Alí soltó una certera ráfaga dejándole k.o. en apenas unos segundos.

Cara de Nada

El mundo del cine está lleno de caras bonitas, caras feas, caras inquietantes, caras picassianas y caras con ángel, con gancho o con colágeno por doquier.

Pero hay una estirpe de actores que tienen cara de nada.

Para mí el rey sin trono de las caras de nada es Colin Firth. Puede que sea un buen actor, o puede que no, pero tiene cara de nada.

Como si te fueras a asomar a su cerebro y vieras uno de esos juegos de ordenador donde rebota una pelotita entre dos lineas verticales que desplazas con el teclado.

Cara de vaca viendo pasar los trenes.

Me cuesta más pensar en una actriz con cara de nada, pero seguro que también las hay.

No me gusta nada la cara de Helena Bonham-Carter, pero siempre será mejor que tener cara de nada.

¿Me ayudáis a encontrar una actriz con cara de nada?

Películas de gente hablando

Sigo dándole vueltas a Zodiac. La verdad es que según la veía pensaba: esta peli me recuerda mucho a otra peli.

Gente hablando hasta debajo del agua, muchas llamadas de teléfono que a su vez conducen a más llamadas de teléfono, pistas falsas, conclusiones escurridizas, informantes anónimos, pantalones de pana, neones inclementes, gafas de pasta y una triste redacción de periódico…

Sí. Zodiac es la versión siniestra de “Todos los Hombres del Presidente”, peli que me parece sobrevaloradísima y un rollazo.
Zodiac es un tiovivo comparado con esta obra de Goldman y Alan J. Pakula.

Es una peli de gente hablando por teléfono,
del mismo modo que según Randall el de Clerks la trilogía del Señor de los Anillos está compuesta por pelis de gente andando. (En el vídeo.)

¿Qué pasa?

¿Que no se puede decir que es un tostón marinero porque habla del caso Watergate?

Pues lo es.

Sin embargo, las pelis de gente hablando no tienen por qué ser necesariamente malas o aburridas. Cuando era un joven contestatario me cagaba en Rohmer y la madre que lo trajo, pero era todo pose. Pensaba: vaya, ese gabacho que hace pelis de gente hablando ¡¡en francés!! Pero luego me hice mayorcito y ví algunas de ellas y pensé: son pelis de gente muy inteligente hablando e intentando seducirse. Mola.

Otras pelis de gente hablando que me gustan son algunas de Woody Allen (las de la época de inspiración “bergmaniana”, como “September” y “Otra Mujer”), “Smoking Room” o “Glengarry Glenn Ross”, o la memorable y poco conocida “Seis Grados de Separación”, con Will Smith, Donald Sutherland y Stockard Channing. Hablar por teléfono también puede generar pelis divertidas, y si no, echadle un vistazo a “Cell” o “Última Llamada.”

¿Cuál es vuestra peli de gente hablando favorita? ¿Y la que más odiáis?

Lars von Triers está con la depre

La noticia es vieja, pero yo me acabo de enterar. Y estoy impactado. Porque, atención señores: no es una depre cualquiera. Lars von Trier ha anunciado que deja el cine. Los cruasanes duros del catering le producen ansiedad y cada vez que el equipo técnico le pone una mala cara le entran ganas de llorar… Así que Triers ha hecho como los protagonistas de mi sketch chanante favorito: ovillarse y gritar:

-¡Paso de rodar!

Puede parecer que me tomo a risa la depresión. No es eso. Pero es que quizás haya algo de venganza cósmica en todo esto. No en vano muchas de las actrices a las que ha dirigido han declarado sentirse deprimidas al acabar sus rodajes. Y luego están, claro, sus películas. ¿Qué espectador sensible resulta ileso tras ver “Rompiendo las olas”? En mi caso fue devastador: me acababa de dejar mi novia, me habían cortado el teléfono…

Dejando de lado las teorías earlianas, siempre que oigo a un ser humano adulto quejarse de depresión se me despierta el Jorge Javier Vázquez que llevo dentro. Necesito saber por qué, indagar en la herida, hacerle un Hormigas Blancas. Me pongo a buscar en google, ingenuo de mí, como si en algún lugar de Internet existiese un enlace a las páginas de su diario… Y lo que encuentro supera todas mis expectativas.
Lars no es un tipo aburrido.
De todas las anécdotas con las que me he topado, la que más ha llamado mi atención es la referente a su padre biológico. Por lo visto, la madre de Lars era un poco hippie (comunista y nudista, según wikipedia) y en el lecho de muerte le hizo una última confesión a su hijo.

-Tu padre no es tu padre, Lars.
-¿Cómo dices?
-Cuando quise tener un hijo pensé que sería guay que saliera artista. Así que me acosté con un tipo… uno de familia bien con genes de músicos.
-¡¿Qué?!
-Sé que es un palo, hijo, perdóname. Pero artista has salido, eso no me lo puedes negar.

Esto, o algo parecido a esto, ocurrió en el año 95. Después de la muerte de su madre Lars hizo lo que haría el protagonista de cualquier película: ir a conocer a su verdadero padre. La cosa no resultó nada bien.

“Mi madre me empujó a ser artista. Era su proyecto. No he sentido jamás esto como una presión. Ahora veo con cuánta lucidez ella siguió los pasos para crear a un individuo libre y creativo”.

No sé hasta qué punto le afectó, pero si atendemos a la cronología sospecho que Lars sufrió lo que yo llamaría la “gran crisis del 95”. No se deprimió, al menos no de manera oficial, pero en el espacio de unos meses se convirtió al catolicismo, creó el movimiento Dogma y abandonó a su mujer, embarazada de su segundo hijo, para casarse con la niñera.
Podríamos argüir que Lars está sufriendo ahora una crisis similar. Pero yo creo que no es lo mismo. Esto es mucho peor.
Su reacción en la crisis anterior fue enérgica: una mezcla de creación y destrucción.
Pero esta vez no se ha comportado como el protagonista de ninguna película, sino como un ser humano real, que acude al psicólogo, pide la baja laboral y admite que se ha quedado en blanco.
Que no sabe si volverá a ser un individuo libre y creativo.
Así que tal vez la venganza cósmica no sea contra él, sino contra su madre.

No creo en los horóscopos

He visto Zodiac y me ha defraudado bastante. No tanto porque sea una película “mala” que no lo es, sino porque me esperaba más.

Hacía tiempo que no me arrastraba hasta un cine al día siguiente del estreno con ansia de creyente, seguro de que iba a recibir una especie de comunión cinematográfica. Los augurios eran esperanzadores: David Fincher, un puñado de actores excelentes y una ambientación fantástica. Ah, y se me olvidaba. La figura siempre atractiva del psicópata, en esta ocasión el asesino conocido como Zodiac. Sin embargo, debería haber desconfiado del guionista James Vanderbilt , quien ya firmó una de las pelis más absurdas y abiertamente incoherentes del cine reciente: “Basic”.

La primera hora me gusta. Y a pesar de que la trama está empezando a desparramarse, la sigo con interés. Esto parece el camarote de los Hermanos Marx; de repente hay un montón de maderos, peritos, periodistas mientras la estrella de la peli, Jake Gyllenhaal, es el dibujante del San Francisco Chronicle, mira los criptogramas con cara de bobo.

Y ya de ahí en adelante, la peli adquiere un estilo documental que más parece hablar de la falta de comunicación y de sincronía de la policía en los años sesenta-setenta que de la psicología del asesino. Al margen de las escenas en las que Zodiac mata, no hay ninguna tensión de “acción”, todos los personajes implicados sucumben la obsesión de encontrarle, y lo peor es que… descubranlo ustedes mismos.

Uno siempre desea que empleen las hermosas calles de San Francisco para romper los amortiguadores de estupendos coches con ellas. O recordando “Seven”, que en su día fue la reinvención del género, espera dosis de tensión, espectacularidad y mal rollo.

-Detective. ¡Detectiveeee!

Gritaba John Doe cuando tenía la cabeza de la mujer del agente en una caja.

Pues no hay mucho de eso. “Zodiac” mantiene muy bien el ritmo para su prolongada duración, pero es lo contrario que la ciudad en la que se desarrolla: una planicie poco seductora. Para mí, lo mejor ha sido el brumoso San Francisco, la música y el aire “cool” y setentón de la película. Todos me recuerdan a días (cinematográficos) mejores que éstos.

Un link a alguna parte

¿Y se puede saber por qué puñetas coleccionas las entradas…?

…pregunté a mi amiga, exasperado al ver que ya no quedaba nadie en la sala de cine y nosotros seguíamos allí agachados entre las butacas.
-Guardo las entradas de todas las películas que he visto desde que tengo doce años.
Ya. Pero ¡¿PARA QUÉ?! ¡¿Por qué estamos aquí y no tomando una copa?!
-De vez en cuando las miro y me acuerdo de todo: de con quien fui a ver la película, de si me gustó, de qué hacía yo en aquella época, del novio con el que estaba.
O sea, que yo estoy comiéndome las palomitas del suelo para que tú te acuerdes de tu novio… ¿Te has planteado hacerle una foto? ¿Escribir un diario?
-Si encontramos la entrada puede que dentro de unos años me acuerde de ti.

Yo es que nunca he entendido el coleccionismo.
Y mucho menos ahora, en la era de Internet, en la que a golpe de click uno puede conseguir casi cualquier cosa: un dato, un sello, una película muda de 1916. Sabiendo que tienes todo eso al alcance de la mano ¿qué necesidad hay de colocarlo en tu estantería?
Cuando de verdad lo necesites no tienes más que meterte en Imdb y ver si la película está linkeada a Amazon. En el caso concreto de esta web, sus redes son tan amplias que basta con hacer un cortometraje para salir en ella.
Imaginaos a Cecil B. De Mille– por citar una de las filmografías más extensas de Hollywood- volviendo un día a la vida y sentándose ante un ordenador. Imaginaos la impresión que se llevaría al ver su vida radiografíada y linkeada sin pudor: las buenas películas, las malas, los nombres de los productores con los que se peleó, de las actrices a las que dirigió, incluidas las que se ligó.

Casi todas esas personas están muertas.
Cuántas lágrimas preñadas de información derramaría este prohombre de la cinematografía. Pero, un momento… ¿qué significan estas letras de color turquesa?

Un nombre linkeado es la prueba de algo tan evidente como doloroso: la vida sigue. Hoy figuramos en la misma ficha técnica, compartimos un trozo de nuestras vidas,… pero mañana ¿dónde estaremos? Cada uno por su lado, enlazando otras páginas, otros trozos de vida.

La memoria actúa de forma muy parecida a los links: saltando de un pensamiento a otro. Las páginas webs necesitan hiperenlaces y la mente humana necesita objetos.
De modo que, para mi amiga, una vieja entrada de cine es un link a mi recuerdo.
No está mal. Pero pensando en estas cosas me ha entrado angustia existencial y sólo me consuela pensar que quizás algún día yo figure en Imdb. Y a ser posible, linkeado.

El que la sigue la consigue

Durante varios meses (por no decir años) estuve encajonado en un aparente callejón sin salida laboral. Y estaba venga a escribir, venga a escribir, y me daba la sensación de que no llegaba a ningún lado.

Como en una bicicleta estática, probablemente la compra más tonta que he hecho en mi vida.

Todo es real: el sudor, el esfuerzo, la perseverancia… y la falta de resultados. (No es que esté gordo, pero ya se sabe lo que pasa con la vida sedentaria. Y si no sabéis lo que pasa, probad a trabajar en casa durante varios años.)

Pero ahí sigues, aporreando el ordenador, y tus sueños siguen llenando documentos en word, y el contaminado espacio aéreo de tu casa.

Es un trabajo solitario. Es un trabajo duro.

Nadie te puede garantizar que cabalgando a lomos de una bicicleta estática vayas a llegar a ningún sitio. Ni siquiera unos dígitos atrás en la balanza.

Hubo una época de mi vida en la que pensé, “Eh, oye, esto de que el que la sigue la consigue es una leyenda urbana.”

Pero aún así seguí, por la inercia de los pedales. Un poquito más.

Y de repente la bicicleta estática echó a andar, y bueno, no soy Forrest Gump, pero de repente miras el paisaje y algo te has movido.

Cada texto que escribes te hace avanzar. Aunque no lo veas en ese instante.

Con la distancia suficiente ves cada trabajo como una paradita en el itinerario.

Y hay un montón de lugares preciosos que visitar.

Sigamos pedaleando.

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